Perú - Bolivia 2004

Viajar es la transformación. Anhelo de conocer por lo que no somos. Ver los límites por donde no llegamos. No necesitamos agua embotellada ni tampoco necesitamos realizar los sueños; viajar sin limitación prescindible hacia lo inverosímil.

La Rinconada (Perú)

Infusión de oja de coca

Las hojas de coca, los caramelos. Puno. Visita al mercado por las provisiones para el viaje. Lago Titicaca con una grande cagada blanca cerca de la orilla − un enorme complejo turístico. Mucho gringo en las calles. Refresca bastante al atardecer. La altura se deja notar. Salimos mañana temprano. ¿Dirección? Opuesta a las recomendadas para cruzar la frontera con Bolivia. ¿Destino? Ya veremos.

Camino de La Rinconada Juliaca

Salimos a mediodía. La única opción factible es la movilidad a La Rinconada. Queremos llegar a las proximidades del Lago Suches y aquel nombre de la mina de oro nos suena. Nos enteramos que también es del pueblo. Es extraño comprobar lo ridículo de nuestra noción del tiempo. Las circunstancias inmunizan ante la impaciencia.

El carro se llena. Vamos dormitando. El polvo poco a poco imprime la estampa del sueño. A través de la ventana transcurre la inmovilidad del altiplano. Solo irrumpe el colorido de los vestidos. Y ya con la última luz del día la gran barrera blanca de los picos nevados. Y subiendo, subiendo. Quedamos unos pocos en el autobús. La mayoría salió en Ananea − una población que vive de la mina y para la mina. Allí se trabaja 24 horas. Luces a lo lejos. Allá se acaba el día.

La Rinconada. A pesar de la oscuridad y el frío el pueblo era un hormiguero. Las calles repletas de toda clase de mercancías. Barro removido con los desechos del mercado en el centro. El omnipresente letrero de compra y venta del oro. Los humeantes puestos de comida. Las escaleras de caracol que llevan a las altas entradas de las casas. Una especie de hervor, de intensidad. Enseguida estás dentro de las relaciones con la gente. Sorprende la facilidad, la naturalidad. Pero no es Alaska y no es la fiebre del oro.

La Rinconada

Subir unos escalones de piedra − toda una eternidad. ¿Será el cansancio del viaje? La noche no trajo el respiro. Al día siguiente supimos el motivo; estamos a unos 5200 metros. Era el segundo día del viaje. Coca y caramelos.

La mañana muy fría. Se helaron las tuberías que llevan el agua al pueblo. Es difícil despertar si uno no ha dormido. Todo lo que no era respirar parecía irrelevante.

A pesar de todo nos obligamos a desayunar. Las calles están cogiendo su ritmo. Se ven pocos niños. Luego nos enteramos que casi dos tercios de las familias tiene a sus hijos e hijas menores de edad trabajando en la explotación minera.

Suches, Sina o lo que sea para continuar. Para Suches el carro salió ayer y el siguiente dentro de una semana. Pero sin que sean necesarios los servicios formalizados y gracias a que no los hay, uno encuentra soluciones a los imprevistos. Un recuerdo inolvidable de Víctor − único; redactor, comentarista y hacelotodo de la emisora de Radio Latina. La más escuchada en el pueblo; en un cuarto de hora se presentó el candidato para llevarnos hacia la frontera. Mientras tanto compartíamos el espacio con el alcalde haciendo el resumen de las aportaciones a las fiestas locales. Discurso con mucho estilo propio. Damos el visto bueno a la furgoneta y muchas gracias a través de las ondas. Los que nos conocieron apenas una noche antes ahora nos lanzan una difícil pregunta ¿cuando volveréis? No sabemos.

Lago Suches (frontera entre Perú y Bolivia)

Suches

Nos despedimos de nuestro conductor en medio del campo. Después de varias horas el carro ya no puede dar más de si. Ahora nos toca a nosotros. Delante se despliega una cortina de nieve. Otra, cuando alzamos nuestras mochilas cubiertas del polvo. Cada bache en el camino suponía comerse una polvorienta bocanada. La nube climática todavía nos respeta. Dando la espalda a los castillos nevados uno deja de tener la sensación de estar en las montañas. Planicie sin fin. Algunas casitas. Allá vamos. Antes de retomar el rumbo hacia la nieve queremos pasar por el pueblo Suches. ¿Pueblo? Una plaza cuadrada rodeada de casas, una iglesia abandonada. De una entrada se asoma la cabeza de un crío. Y retrocede enseguida. Hablar el castellano abre las puertas. Unos hombres nos indican el camino hacia el lago. Hacia los castillos de nieve. Los postes blancos que quedan atrás indican que nos alejamos de la frontera. El viento nos castiga por adentrarse en sus dominios; las tierras de oro y poco más. Bajamos a la orilla del maravilloso Lago Suches dejando arriba los chirridos de la mina que no lo parece. Acampamos buscando la protección de unmuro de piedras.

Llevando agua

El despertar es precioso. El disco de la luna todavía suspendido sobre el agua, la transparencia absoluta del aire y la escarcha que arropó durante la noche nuestra carpa, sublimándose rápidamente bajo el sol radiante.

Lago Suches

Abandonamos el lago pero el soroche no nos abandona. La subida es constante y lenta. Muy lenta. Rodeamos el lago desde arriba y buscamos senderos que nos encaminen hacia Pelechuco. La sensación de un vínculo con las pisadas que dejamos, que es difícil de romper, que arrastra, cada vez más fuertemente en la medida que subimos, que obliga a descansar con frecuencia. A partir de mediodía el cielo se cubre y cae plomizo sobre nosotros. Tormenta de nieve en toda regla. Uno, dos, no está lejos; truenos sobre nuestras cabezas. Estamos en lo alto. Únicamente podemos bajar. Una pampa y otra. Bordeamos por las laderas. El abra que lleva a Pelechuco se queda a la izquierda. Las sombras se alargan. Al otro lado del valle algunas casas, el ladrido de los perros y las llamas apartándose según nos acercamos. El cuello del valle es largo, demasiado para salir de él antes del atardecer. Y no es por allí por donde va nuestro camino.

Una mujer baja la ladera corriendo hacia casas. No la alcanzo pero parece buena idea enterarnos, dónde estamos. Las construcciones son bajitas. La primera al que me acerco está filtrando a través de las paredes unos hilillos de humo. Azulados, envuelven todo a su paso. Así de imperceptible me encuentro con un hombre que salió ... del humo. Señala que debo dirigirme a las casas mas alejadas. No habla castellano pero su gesto no deja lugar para dudas y la labor de los perros mensajeros de avisar a los que viven allí sobre la presencia de los extraños, es eficaz. No espero mucho para encontrarme con un muchacho que aclara nuestra ubicación. Tomamos la decisión de acampar en la cercanía. Nos despedimos hasta mañana.

El agua tiene sabor muy fuerte. Es cómo una una infusión de hierbas en descomposición. Tampoco importa. Aportará más sustancia a nuestras sopitas Knorr. Asquerosas por si solas. Preparamos unos brebajes de coca para aguantar hasta que venga el sueño. La noche es larga. El sol no aparecerá hasta las ocho de la mañana.

Hugo Quispe López

Deslumbrados con sus rayos y todavía más cuando vemos el entorno en la luz de día. El oro pálido de las laderas y el azul del cielo delimitan los universos. El aire es tan cristalino y el esplendor de tonalidades tan irreal que todo parece una alucinación. El encantamiento continúa todavía cuando charlamos con el chico que conocimos anoche. Vino para indicarnos el camino y puede quedarse un rato y nosotros aprovechamos la posibilidad de indagarlo sobre los porvenires de la gente de aquí. Tiene catorce años, se llama Hugo Quispe López y el lugar donde estamos Ch´api Juku. Habla un exquisito castellano. Es muy diferente en su madurez de los infantiloides europeos. Nos cuenta sobre sus tareas, la responsabilidad de cuidar los animales; llamas machos, alpacas que pastan en la pampa, que lo poco que se cultiva y elabora (choclo, papa, oca, chuño) es suficiente para una familia extensa, que aquí todos son familiares, los niños van a la escuela cada día dos horas andando, saliendo al amanecer. Calzadas las sandalias de caucho, miro los pies de Hugo.

Una capa de hielo cubre los charcos. Tardamos con el desayuno. Nos despedimos de Hugo. Atravesamos la pampa para subir el alto que nos separa de la pista que lleva a Pelechuco. Las apachetas indican el camino. Un poderío de las montañas que impulsa subir. Las palabras de Hugo resuenan con los pasos, hacen sentir una necesidad de reflexión. No podemos abandonar el lugar sin que no surja su efecto.

Un sentimiento de aborrecimiento a lo que llamamos nuestro bienestar; una conceptualización que, inculcada con éxito a las masas ignorantes, sirve para crear los nexos de subordinación a la industria farmacéutica en el mundo que se autodenomina desarrollado. El abuelo de Hugo, Mariano Quispe Huanca, tiene 100 años, la abuela murió con más de 100. No saben de médicos ni quieren saberlo. Son soberanos hasta la muerte. Libres en su dependencia del medio natural en que viven y al que no tienen que tributar impuestos para que les avasalle. Nosotros acostumbrados que los estados ejercen como tutores de los ciudadanos, tomen decisiones desde un paternalismo mal entendido, sin duda intencionado, ni nos percatamos cómo, apoyándose sobre el discurso de la soberanía se violan nuestros derechos más íntimos. Cómo se ejerce la coacción para que permanezcamos en un estado de ignorancia sobre las facultades de cada uno de decidir nuestros destinos. Así desde la cuna hasta la tumba estamos seducidos para consumir las drogas que supuestamente nos curan. Cuantos más para curar hay, mejor. Y si hace falta se crean las nuevas necesidades. Este es el mercado perfecto que se autoabastece en los consumidores y se perpetúa a sí mismo. Las farmacéuticas, la mayor industria de armas biológicas, hacen que concebimos nuestra salud en función del consumo de las drogas que ellas nos suministran. Diabolizando lo demás que no les resulta rentable. Hacer que cada día millones de personas se administren las aspirinas pasa por desacreditar otros remedios que no necesiten su sello. Las hojas de coca. El alimento y el remedio eficacísimo. La única pega es que resta la necesidad de los médicos y favorece las facultades reflexivas. Demasiado para que haya un acceso libre a este recurso.

Los Andes - Pelechuco (Bolivia)

Lago Cololo

Volvemos a subir. Rematando la colina el encantamiento se extiende. El cielo se sumerge en el lago Cololo, que por la derecha apunta a un horizonte lejano y por la izquierda hace irradiar la blancura de los glaciares de Apolobamba. Abajo serpentea nuestro camino. El agua está presente en todos los sentidos. Cascadas, arroyuelos, pozas. Llena ambiente, insinúa. Las majestuosas cimas se disuelven en el valle, desembocan en el lago.

Mate de hoja de coca

A partir de mediodía empiezan a formarse las nubes y se levanta el viento. Observamos el recorrido celeste por el cual pasan las tormentas. Esta vez no nos afectan.

La apacheta que preside el paso de abra de Pelechuco hace inclinarnos ante los colosos helados del otro lado.

Pelechuco, desde los tiempos de los Incas (e incluso antes) hasta bien entrado el siglo XX, formó parte de un macroterritorio de economías étnicas complementarias y de contactos que llegaban, por un lado, hasta la Amazonía y, por el otro, hasta el Cuzco. Era modernidad mal comprendida la que le dejó fuera de los mapas oficiales y de las políticas de Estado pero no de las ilusiones de los seres humanos. El finisterre cuya fatalidad reside en los caminos de su pasado histórico, una herencia de la realeza incaica y un futuro que se forja destruyendo este legado. Este futuro se vislumbra siguiendo la construcción de una carretera que en el tramo entre Queara y Pelechuco supone sepultar una vía prehispánica. Un precio muy alto para lo que se pretende obtener en cambio. ¿Que valor tienen las excusas que legitiman la destrucción para hacerse patentes?

Todavía las noches de Pelechuco se alumbran con las velas. Aunque las comidas ya están marcadas por las exigencias de los gringos que, desdichadamente, se pretende satisfacer. Todavía la escasez de la infraestructura turística protege esta zona de un turismo depredador que busca comodidades.

Cholas

Mientras tanto nosotros tendremos que acomodar nuestros planes más próximos a los requerimientos reglamentarios.

Estamos aquí sin pasar por los trámites de inmigración. Pasando frontera simbólica sin que nadie registre nuestro destino. Es como una quimera de la que tendremos que despertar para continuar el viaje en Bolivia. Tendremos que hacer nuestra presencia legal. Quizá cruzando la frontera una vez más para lo cual debemos volver al lado peruano. El lugar de la feria de Chejepampa nos parece idóneo. Los viernes a las tres de la madrugada sale el carro de Pelechuco. Así que tenemos dos días.

El paseo al Illo Illo. Está en el camino hacia Curva. Frecuentado por los que anhelan vivir experiencias de expedición. Aunque para los lugareños es una caminata de dos días, los gringos se lo montan con mulas y muleros y tardan el doble. Así estos cuerpos atléticos, perfectamente desarrollados para los fines que les brinda su mundo opulento, consumir más, se quedan poco eficientes en las condiciones donde el valor no se mide por la capacidad de consumo. Pero sus vestigios se quedan. Los niños que salen a nuestro encuentro piden chocolate y plata. Se definen como pobres. Y aspiran a ser muleros.

Chejepampa (frontera entre Perú y Bolivia)

Mercado de Chejepampa
Chejepampa

Chejepampa. Hasta la salida del sol la preocupación que desplazaba todo lo demás a la insignificancia era el tremendo frío que filtraba las emociones y las sombras. Con los primeros claros se desvanecen las imágenes congeladas e irrumpe el colorido y el ajetreo de la feria.

La frontera entre Perú y Bolivia

Los vendedores de oro nativo asegurando su pureza, caballos, cuero, víveres. Contrabando que late como el corazón del evento, las brumas sobre las ollas enormes que envuelven todo con su aroma de caldo suculento, la rutinaria presencia de los militares que nos dan la bienvenida en el lado peruano, los carros que cargan la mercancía para emprender el viaje de vuelta. Viajamos hacia el Lago Titicaca para volver a Bolivia por Copacabana.







La Paz

La Paz

Desde el fondo el valle se lanzan edificios altos de cristal y acero de la parte lujosa tradicionalmente y ostentosa de los nuevos ricos. Pero no alcanzan ni de lejos el espectáculo, la fuerza y la perseverancia con la que las empinadas laderas que rodean el socavón paceño se revisten de los asentamientos de El Alto. Como los gusanos de lava, esta vez en el sentido contrario pretenden alcanzar los vértices de los majestuosos Mururata e Illimani. La Paz es indígena. El Alto es el despliegue todocolor, apasionante, asombroso. Nos encontramos envueltos en la multitud de la plaza de San Francisco. Bajo el cielo nocturno recorremos las empinadas calles evitando que el frío de la noche nos haga desistir. Esperamos por la mañana como los primeros puestos de los curanderos se abren para ofrecer sus remedios para el alma y el cuerpo. Hechizados repetimos los conjuros de las brujas que otorgan poderes a los remedios.

Estos nos llevan a detestar lugares que ofrecen comida típica en los restaurantes con estrellas. Pateamos las calles del mercado de frutas y verduras. Detrás de las puertas de la pensión Cochabamba se esconden manjares del lugar para los de aquí y también para los como nosotros huyen de la elaboración occidentalmente contaminada. Este es el almuerzo que nos satisface.

Visita virtual (y real) recomendada: Museo de la coca en La Paz. Vaya caramelos de coca que venden. Únicos en el mundo. Aunque preferimos masticar hojas...

Puerto Suárez

El Pantanal

A Puerto Suárez llegamos abrigados por la oscuridad. El aire es caliente. Desde el avión hasta el pequeño edificio del aeropuerto son unos cuantos pasos. La espera es larga. Se trata de un control antidroga muy minucioso. Solo quedaba confiar que los perros no se equivoquen.

Puerto Suárez

A más de mil kilómetros al este de La Paz, en el santuario natural de Laguna Cáceres, Puerto Suárez, un pueblo con acceso pluvial al Atlántico, rodeado de hierro, piedras semipreciosas y tierra fértil, batalla por sobrevivir.

En el cercano Quijarro y en el Puerto Suárez se vivía bien, pero la caída del real y la Ley de Aduanas liquidaron la enfermiza economía y reventaron la burbuja.

"Tres años atrás la droga todavía daba plata. Agarrabas 160 bolivianos al día, hoy no pasas de 30", se queja el taxista que nos recoge del aeropuerto dando por supuesto que vamos a la frontera sin pasar por el pueblo. Pero el negocio ilícito continúa y todavía hay presos en la cárcel de Corumba por narcotráfico.

Puerto Suárez

Cenamos un magnífico pescado fresco y antes de dormir nos dejamos envolver por la oscuridad del pueblo respirando su ritmo inflamado del calor de un dia que ya concluyó.

Parece que podemos contar con la información sobre la zona de la mano del dueño del hostal donde nos alojamos. E incluso con el transporte. Resultó acertada la decisión de acercarnos a El Tumbador, un pequeño refugio a la orilla de la laguna, construído y custodiado por la ONG "Hombre y Naturaleza". Al día siguiente y gracias a las virtudes organizativas de Oscar, Cristina y los otros compañeros − ¡hola todos! − salimos a las aguas del Río Paraguay.

Río Paraguay

Río Paraguay

Gran Pantanal, Mato Grosso, Río Negro. Los nombres que cebaban imaginación juvenil, mis esperanzas. Estoy aquí. La próxima parada Bahía Negra. Vamos a toda leche surcando el río. Hay olas, hay vacilación sobre si avanzar, y luego la serenidad. Edwin no pierde las oportunidades para introducirnos en un mundo hasta ahora solamente imaginario. Impresionan sus dotes de desvelar la presencia de las criaturas en cuyo habitat irrumpimos. Nos dejamos cautivar por la inmensidad del entorno. Queda apenas una hora de luz.

Sentados en el porche de la casa de Mario, compartiendo el mate. Un retorno a los lugares arrinconados en los deseos. Parecíamos deslizarse en la dirección opuesta a la corriente pero era sólo el río que incansablemente transportaba forrajes. Era como estar rodeado por un foso de aguas cobrizas, centelleantes del sol que se despedía separandonos de lo inmediato. Ni siquiera las largas horas del recorrido en la lancha pedían cuentas. El aire casi palpable en sus tonalidades rojas enseguida dejó lugar a los mosquitos. Era para salir zumbando. Y la cena esperaba.

Nos sentimos abrumados por las comodidades y mimos que nos brindan aquí. Tampoco faltan dulces sueños.

Los Chamacoco

Los Chamacoco

Desde la mañana el sol amenaza en su ascenso. Hacemos recorridos en barca por los alrededores evitando las horas altas cuando mejor es echarse una siesta paraguaya. En el camino hacia el Río Negro visitamos el poblado de los Chamacoco.









El chamán de los indios Chamacoco, de Paraguay, canta a las estrellas, a las arañas y a la loca Totila, que deambula por los bosques y llora. Y canta lo que le cuenta el martin pescador:

No sufras hambre, no sufras sed. Súbete a mis alas y comeremos peces del río y beberemos el viento.

Y canta lo que le cuenta la neblina:

Vengo a cortar la helada, para que tu pueblo no sufra frío.

Y canta lo que le cuentan los caballos del cielo:

Ensíllanos y vamos en busca de la lluvia.

El chamán ya no puede curar las mordeduras de las víboras, ni traer la lluvia en tiempos de sequía, ni volar sobre la tierra para cantar lo que ve.

Despojados de su libertad y de sus bienes, de sus simbolos de identidad. Se les prohíbe cantar y danzar y soñar a sus dioses; ahora la ilusión es que lleguen algunos de los escasos viajeros y que compren sus collares y figuras de madera.

Bahía Negra

Bahía Negra

Con el sol ya bien instalado en su camino descendente salimos para pescar las pirañas. Y efectivamente el currículum de Jacek ya para siempre quedará marcado por la primera y por la segunda pescada de esa especie.

El chiste que circula al anochecer alli es que este es el momento cuando las tropas de tierra se retiran puesto que sale la aviación. Y no ha fallado. Tuvimos que retirarnos en poco tiempo bajo la insistencia de los mosquitos. Ni siquiera el espectáculo que nos brindó el el crepúsculo esta tarde pudo sustraernos del repliegue.

Tan largamente esperado el barco - mercado flotante por fin llega. Es el único medio de abastecimiento de la gente de Bahía Negra. Nosotros ya estamos de vuelta. Pasamos cerca de Puerto Busch.


Una importante referencia en los medios bolivianos a pesar de que no es mas que una barcaza con tres quinceañeros de la marina y un cabo. Pero su sombra se ciñe sobre el futuro de la zona como si fuese una premonición oscura. Para muchos la construcción de una carretera que partirá del Puerto Suárez desembocando aquí en el río significa la esperanza de prosperidad, de trabajo. Pero pueda que lo que traiga para esta zona de la triple frontera serán los tanques y disputas por el caudal de agua dulce mas grande del mundo entre otras. Y seguramente mucha riqueza para muy pocos.
Yacaré

Observamos la familia de los lobos del río jugando a la orilla. Pero sus voces son para nosotros un canto de despedida. Congelo las imagenes de los yacarés tumbados en sus lechos calentitos. Pero un hacha helado esta partiendo este mundo. No nos queda mucho tiempo antes de que la carretera lo descuartice.

Quiero volver a pasear mi mano por este agua, sentir al respiración del río a cada batida del remo, buscar en las hojas flotantes los indicios del temible surazo. Me despido del Gran Pantanal. ¡Hasta Pronto!




Saliendo del Puerto Suárez

Roboré

Nos despedimos de El Tumbador. De los anfitriones y de la pequeña fauna que nos acompañó en nuestra habitación.

Ahora el rumbo es hacia el oeste. Antes de embarcarnos en el vuelo de regreso en Santa Cruz pasaremos por Roboré. El camino ofrece un panorama desolador de los cambios y sus costes que sufre la región en el nombre de la modernización. Entre las bocanadas de polvo que se levanta a cada paso de los camiones pesados que se cruzan con el autobús podemos ver pilas de árboles amontonados a lo largo de la carretera.

Roboré brinda la posibilidad del respiro, aunque ni siquiera la sombra de la noche promete refrescar. Será al día siguiente cuando nos vayamos por los alrededores, dejando embobarnos por los tesoros ofrecidos por la naturaleza de Aguas Calientes. Ya al atardecer, todavía con las imágenes de un sol colgado desde el cielo parpadeante del calor dejamos atrás Santiago de los Chiquitos - un pueblo cuyos últimos momentos de calma se llevará la próxima carretera.

El paso por Santa Cruz resultó lo suficientemente traumático para adelantar nuestro vuelo a La Paz. Recorremos la ruta ya conocida. Esta vez traficando nuestros recuerdos a través del paso fronterizo en El Desaguadero. Es uno de los sitios emblemáticos del contrabando a gran escala. Nuestro aliño de recuerdos y un bote de hojas de coca es lo suficiente banal para pasar desapercibidos frente a toneladas de sacos de azúcar que hacen cada día su ruta a través del lago Titicaca.

Cerro Azul (Perú)

Cerro Azul

Al anochecer, después de un día del viaje vertiginoso llegamos hasta las playas al sur del Lima. San Vicente del Cañete primero y luego el cercano Cerro Azul. La bruma que envuelve las playas, el batido de las olas que hace volver y volver los guijarros con el ronquido de una bestia dormida es la mejor cura para la dolida conciencia de que este viaje se está acabando. Nos quedamos con aquello a pesar de la tentadora oferta de otros remedios en el mercado.

En El Hospedaje "Don Satu" vivimos de la manera menos esperada el último etapa que se resume en mimos culinarios, estremecimientos estéticos y el calor de relaciones humanas. Llevamos con nosotros las muestras delarte de Luciano y la promesa del deleite culinario de Julia. Este último se resume en una receta muy especial para:

LA SOPA SECA CON SECRETO "DON SATU"
Ingredientes
  • 4 trozos de pollo
  • 1 kilo de fideo
  • ajos molidos
  • cebolla
  • tomate
  • ají de color molido
  • cominos y pimienta
  • maní molido
  • pasas
  • hongos con laurel
  • aceitunas
  • y el secreto - membrillo rayado, un toque muy personal de Celestina.

¡Importante! - que el punto de cocción se comprueba lanzando un fideo contra la pared. Si se pega, está listo.

foto de cierre