Madagascar 2005

Un artículo para empezar: Turismo: la mirada caníbal.



tamatave

Comenzar y recomenzar; La vie est un voyage, decía la frase escrita en el guardabarros del camión que iba por delante. La carretera nos llevaba de Tana a Toamasina. Bueno, parece que todo está ya dicho. Sonrisas de complicidad. Miradas transitando más allá de las ventanas del taxi-brousse. Reubicando las eventualidades del día de mañana. Parada rutinaria para comer. Primeros litchis, primeros líos lingüísticos. Llegados ya de noche. Las velas insinúan las entradas. Las texturas de la oscuridad seducen la imaginación. Pero la atención se fija en lo inmediato. Trayecto en los pousse-pousse, el hotel, la cerveza, la cena... Prontamente detalles que alertan. Tendremos que ubicarnos, situarnos ante ellos, que a pesar de parecer formar el paisaje de la normalidad no nos dejan indiferentes. Insultan con su blancura. Un elemento endémico de las zonas visitadas; los tíos blancos acompañados por niñas.

¿Fenómeno marginal, no representativo? Sin duda sintomático. El mundo de la ley masculina que rige la vida de las mujeres, que establece la relación entre los géneros. Como lo es asimismo él de las leyes de los ricos que se autodefinen civilizados y que sustentan su supuesta superioridad en que haya l@s Otr@s que limpian su porquería, tanto fuera de sus fronteras como en su casa. Porque y para que se pueda proclamar las leyes de igualdad en las democracias blancas, otras partes del mundo y algunos espacios de sus propios patios se configuran en los burdeles para el disfrute de los que nunca han dejado de ser la basura masculina. No es la prostitución la profesión más antigua, lo es la de los chulos. La prostitución es la forma de violencia contra las mujeres la más arraigada y normalizada donde cabe incluso la explicación de que tiene que haberla dado que los tíos necesitan follar por naturaleza. La emancipación sigue siendo un término mistificador de la realidad social. Basta hacer asomar lo que hay debajo de la alfombra de los que se erigen en los portavoces de la justicia y derecho. La vergüenza de las ayudas al desarrollo y de la cooperación que no son más que un espejo en el que nos miramos como bienhechores y como tal la situación se constituye en una paradoja entre las intenciones proclamadas y los móviles recónditos. Son un espejo de la misma manera como la ubicación supeditada de las mujeres en la sociedad patriarcal; para que así lo masculino se constituya en la Ley, no por ser los varones esencialmente superiores sino por estar las mujeres encasilladas como inferiores.

Toamasina (Tamatave)

Siguiendo el olor a vainilla
Toamasina

Las idas y venidas de las esperanzas de partir del puerto de Toamasina. 24 horas más tarde de lo anunciado saldremos hacia Maroantsetra. Por ahora entre los chaparrones que vienen y van, el sol ascendiente que recobra sus poderíos, mensajes que aplazan cada vez nuestro partir, dormitamos esperando. La agitación de la mañana muestra un cambio revelador; se está cargando la mercancía. Y nosotros la constituimos también. Una vez amarradas las lonas que cubren la carga nos colocamos encima. Los modelos naranja que visten algunos chicos de la tripulación son el único recuerdo de los códigos coloristas de las medidas de seguridad. Aquí cada uno es el dueño de concebirla de acuerdo con las circunstancias propias.

Trucha
Trucha

Los trasiegos y excitaciones dan paso a un clima más propicio para las 18 horas de la navegación que nos esperan. El ambiente de aturdimiento se adueña de la cubierta. El sol quema los tobillos. Pequeñas conversaciones que obedecen al deseo de comunicar pero sin comprometer el propio esfuerzo de aguante. La bóveda de la luz arde, petrifica a los que quedamos debajo extendidos sobre la cubierta. La sal cubre todo con una película helada. Y quema. Quedo suspendida entre ese techo del calor abrumador y los vaivenes de mi estómago que intenta reventar. Por el momento rehúso aceptar el plato de arroz que me proponen los chicos de la tripulación; antes que a los demás pasajeros autóctonos, en un gesto de distinción. El aturdimiento desaparece en la medida que recuperamos las sombras. Se aceleran las reciprocidades como si de repente surgiese prisa para recuperar las horas del letargo. Y con conocimiento de causa. El sol se vuelve redondo y se desploma al mar con rapidez. Otros astros, constelaciones enteras están por emerger. Unos pocos aguardamos sobre la carga en los hoyos amoldados bajo nuestros traseros. Otros se acomodan por donde quieran y puedan. La luz acostada esculpe las crestas de las olas, dibuja la marca de nuestro paso. Allí, con la otra mirada, entramos en la Vía Láctea que nos encarrila sobre el Índico. A veces pasamos por las zonas de aguas más calientes y el aire envuelve los pies con un tufo que alude a los fondos de las marañas verdosas. Otras veces no queda más remedio que buscar los huecos entre el revoltijo humano para así, subrepticiamente, calentar las extremidades. ¿Pienso durmiendo o duermo pensando? Las divagaciones de pasatiempo. Poco a poco la noche pierde su intensidad estrellada. Los contornos de las lejanas costas resurgen rompiendo el horizonte.

La llegada a Maroantsetra

Adivinamos nuestro puerto cuando las cuarto de la madrugada nos acercan a nuestro destino. El desembarque a un kilómetro de la orilla. Unas pequeñas lanchas nos aguardan para hacerse con la carga incluidos los pasajeros. Y así vamos al encuentro del bullicio del polvo y de los olores.

Maroantsetra

Maroantsetra

Arena hasta los tobillos invita a quitarse los zapatos. Las fragancias que saturan las calles estimulan el rastreo dentro de lo conocido para situar los sentidos enloquecidos. Nos quedamos a medias. Mientras tanto unas cervezas nos devuelven la licencia para distinguir. La rutina de desayunar con ese líquido se convierte en una práctica loable. Unas gallinas, un gato mirándonos de reojo, grandes arañas acostadas sobre las ramificaciones de sus encajes; el patio de nuestro hostal, Maroa Hôtel. Embutidos en la animación de un pueblo que despierta sus rutinas diarias merodeamos por sus callejones. Hasta que toda esa hibridación entre las fragancias y el apastelado colorido de la cacharrería, del polvo que tamiza las carcajadas y afina las miradas y del sol inmisericorde nos hagan caer sobre las sabanas y así pegados hibernar hasta que no se aguante más. Y por entonces las sombras se alargan, los pasos aligeran. Dejamos huellas sobre el impoluto suelo del restaurante Coco-Beach, acomodo de los blanquitos. Debajo de la terraza murmura el río. Es un fondo para otra mezcla, intensa, de los torbellinos sonoros que no encuentran una conceptualización en la memoria almacenada de las referencias acústicas. Es la realidad de los espacios intermedios, de las metamorfosis de los insectos, pájaros, otros bichos, el viento, desterritorializados, a pesar de la aplastante presencia de los cuerpos gordos de unos hablantes de la lengua del Imperio y el humo invasor de sus cigarros.

Reconforta comprobar como la centralidad de lo humano queda desplazada dejando los ámbitos para lo inesperado, asaltante, hasta irritante de los chirridos, zumbidos, siseos. Este va a ser nuestro tiempo. Medido en los compases de los sonidos, en las densidades de las fragancias, en las texturas de las sombras. La noche es como un casco agujereado. El negro que condensa todo el colorido y reclama la voluntad de la imaginación. Más allá de las destilaciones de la luz de las estrellas. Mañana empezamos a caminar.

Masoala - subiendo

Parque Nacional Masoala - subiendo a Ampokafo
Masoala

Pensando las rutas en Madagascar es inevitable encontrarse ante una malla que tapiza la Isla con sus puntos nodales que se corresponden con los Parques, reservas, espacios protegidos. Numerosos y variopintos. Tan distantes entre si como lo puede ser la Réserve de Berenty situada en el sur y el Parc Masoala en el noreste de la isla. No se trata solo de la distancia geográfica; el contraste es visible en los usos y costumbres. En el primer caso la rutina del desembarque de la manada de los blanquitos, equipados con sus artilugios protésicos para la captación de su realidad soñada, conducidos al hotel gestionado por la administración de la propia Reserva en Fort Dauphin, desde allí trasladados a la zona acotada de la Reserva para deleitarse con el espectáculo de la pura naturaleza, de vuelta otra vez al hotel, algún espectáculo folclórico para completar el cuadro, el avión de vuelta, las fotos que avalen de haber visitado, jactancia de haber visto... Tristemente ridículo, trágicamente blanquito. El otro polo frente a este turismo patético puede ser el recorrido de Parc Masoala; es una promesa, que sin dejar de ser cómoda, resulta más desembarazada de las expectativas prefijadas. Quizás más exigente en términos de las vivencias que, para recreárselas, requieren pagar un tributo más allá lo propiamente económico.

Maroantsetra es un puerto marítimo insignificante y a la vez una obligatoria escala hacia el Parque Masoala. Esta situación se imprime en la ambientación muy específica que insiste en lo periférico y a la vez cosmopolita del pueblo. Desde aquí salimos para adentrarnos en uno de los parajes de Madagascar donde todavía, por fortuna, una vez franqueado el río en la piragua, hacer el camino consiste en la caminata. Tan obvia la aproximación desde la trascripción lingüística y en vías de desaparición, en tanto que erradicada por los hábitos auto-movilísticos. La ruta prevista para los ocho días en la compañía de una guía - Euphrasie, de un porteador - Paul y del segundo - Clarel, a partir del tercer día, y con un compañero adicional que se sumó a nuestro grupito en el último momento, Paul, el Australiano.

Masoala - bajando

Bajando el río
Masoala

La experiencia, que en ciertos momentos incluso se ha ganado la calificación de savage, resulta increíblemente cómoda. Tenemos reservados los mejores entornos de pernoctar bajo los techos de innumerables estrellas, las llegadas coinciden con los fogones a pleno rendimiento, los baños son inmensos e invitan a zambullirse en las aguas burbujeantes rodeados de los tapices de la verdosidad impenetrable. Las luces que deslumbran con sus opacidades profundas y resurgimientos lunares sin parangón. Las resonancias de las vidas nocturnas, boscosas, tantas y enigmáticas. Cierto es que el trayecto entre Maroantsetra y Cap Est está trinchado por la multitud de surcos de agua y los ríos, que suman más que cincuenta, y tantas veces la suerte de salvarlos, a menudo bañando el culo. Tampoco fácilmente olvidable resulta la jornada de la travesía del bosque lluvioso caracterizada por la convivencia con unos bichos negros, habitantes de aquel entorno, las sanguijuelas, asquerosas chupasangre que nos enseñaron con una perseverancia sin par que no somos más que un trozo de alimento. Pequeñas e imperceptibles en el primer momento de la adhesión, enseguida volviéndose como un balón del fútbol americano en miniatura exhibiendo las tonalidades púrpura a través de su piel traslúcida. Ni las mangas largas, ni los pantalones. Lo mejor la piel desnuda para una detección precoz y acción inmediata de expulsión.

Antalaha

Antalaha

Al quinto día llegamos a Antalaha, precipitados por Paul el Australiano, que iba acelerado por sus delimitaciones del tiempo, y aquí disponemos de unos momentos de readaptación a lo que va a ser empezar el viaje.

Vestigios de la colonización que no cesa. Los patios donde las mujeres se dedican al trabajo minucioso de confeccionar los manojos de las vainas de vainilla; los pistilos fragantes de la planta que supone la riqueza de la región de Antalaha y de toda isla. O mejor dicho, de algunos personajes de Madagascar, muy pocos. Largos paseos hasta la noche, cuando ya no quedan los mangos y todavía con soplos de brisa vienen los deseos de tomar una última cerveza. Mañana de salida. Retraso habitual del avión; antes del embarcar se pesan los bultos y a los pasajeros. Una gorda germanoparlante se abochorna ante una falta de disimulo conveniente en la reacción del personal. Pequeños detalles.


Fianarantsoa - Ambalavao

Cruzando la Gran Isla
Fianarantsoa - Ambalavao

Después de las imprecisas aproximaciones de la imaginación relativas a la tierra que produce el vino gris, llegamos a Fianarantsoa después de haber cruzado el universo de los rojos y tejas de las tierras altas. La tarde de los vaivenes nublosos. Sensación de haber caído hace un instante un diluvio; es ahora cuando la multitud de gente se asoma, reaparece, retoma ese instante que ha interrumpido la lluvia generosa. Las empinadas calles hacen deslizar las últimas corrientes de barro. En lo alto el lavado blanco de los minaretes de la Gran Mezquita compitiendo con las numerosas iglesias y la blancura impoluta de la enorme estatua, reflejo de la idolatría católica.

Es una ciudad donde también comienza un espectáculo exótico… protagonizado por los blanquitos: el viaje en el tren que empalma la ciudad con la costa este. Necesariamente el vagón con los asientos reservados; allí los primeros de hacerlo gozarán del privilegio de ocupar los sitos del lado izquierdo que supuestamente ofrece las mejores vistas. Para los demás, los paisanos, larga espera desde el anochecer del día anterior y los vagones abarrotados y sin otras concesiones que la primacía de la conquista. El espectáculo empieza antes del momento de la salida. Idas y venidas, ahora yo, ahora tú me tomarás la foto, así o acá. Siguiente acto; los blanquitos se ponen de pie a lo largo de los ventanales de la izquierda y re-digieren las imágenes que les llegan a través de las pantallas de sus cámaras fotográficas. La vía férrea entre Fianarantsoa y Manakara pasa por los numerosos túneles y entonces los blanquitos quedan disconformes, algunos toman asiento para, al vislumbrarse el fin de la oscuridad, ponerse de pie súbitamente, como un rebaño manso bajo el látigo imperdonable. Y así horas y horas. Saliendo como langosta para engullir todo lo que es capturable en las ocasiones de la parada del tren. Y así todas las paradas.

Manakara, Farafangana y más allá

Manakara
Farafangana

Hay múltiples maneras de emprender el camino. Una vez en este punto de llegada y de encuentro, y de retorno, estamos tentados de filtrarnos hacia lo impreciso que se extiende en los intersticios de los trazados turísticos destinados a los blanquitos. Desde aquí parte un camino hacia el sur que nos ha seducido jugando con la imaginación nuestra a partir de los miramientos del mapa. Una quimera que nos ha devuelto a la realidad unos días más tarde, una vez comprobado el acierto con el que un viajero y escritor polaco, Arkady Fiedler, denominaba hace ya casi medio siglo la Isla Roja: "Madagaskar okrutny czarodziej" ("Madagascar, el cruel hechicero").

Atravesamos la ciudad en los pousse - pousse; inconformidad de los carreteros con el cumplimiento demasiado fiel por nuestra parte del precio acordado desemboca en una prolongada charla, no exactamente de entretenimiento. Pero así hemos ganado la escucha de nuestros próximos cómplices de aguardo. Nos aseguran que algo saldrá hacia Farafangana y mientras, colocados en la cuneta, esperamos que nos toque la suerte de atrapar algún otro algo.

Las caras se alargan con el tiempo; y cuando las sombras también, nos dan el toque de salida. Sorprendidos de encontrarnos en un carro casi vacío y todavía más, al leer que el cartel anuncia el destino más allá de lo esperado: Vangaindrano. La girofle cubre el suelo, intensifica la emoción de haber vuelto ser wazaha fuera de los itinerarios turisticamente acostumbrados. Elton John y su Sacrifice estorbada por los baches del camino. Rápidamente avanzamos hacia lo recóndito que emerge entre los pasos pantanosos y las lomas ennegrecidas, maltratadas por los matorrales quemados. La fragilidad del camino potencia la contienda en la que se baten los zafiros profundos del cielo al este, rugiendo desde su oscuridad los tambores de la tormenta; y por el oeste, los oleajes de la luz del sol masacrado, cediendo frente a la fachada de un monumental arco iris. Persistimos en no tomar parte de ninguno de los lados hasta que solo las sucesiones, cada vez más intensas, de descargas de luminosidad nos distingan dentro de la oscuridad. Las emociones se vuelven tangibles. La materialidad se diluye con el olor del gasóleo, el orujo, la girofle. El carro se infla de las personas que emergen de la nocturnidad de la carretera y se funden con las densidades del interior del coche.

Farafangana y más allá

La plaza de la estación de Farafangana está aquí, se intuye, no se ve. La oscuridad caliente. Necesitamos un buen rato para distinguir los contornos. Nos orientamos por las voces. Luego por las extremidades pisando el barro iluminado por algunas lumbres que irrumpen el macizo de la negrura. Un centenar de metros más allá las olas rompen en el canal de Pangalanes.

La mañana llega cristalina. Emergen los edificios coloniales a cada paso. Las avenidas de las palmeras bañadas por el sol y la bruma del índico que se abalanza sobre la costa. Las pesquisas de los chavalotes para organizarnos las visitas guiadas solo nos hacen más intransigentes en nuestro interés por aquello que ya no figura como atractivo turístico, al margen de lo transitable, dónde encontraremos la duda y lo imprevisto. Y no nos damos cuenta que solo proyectamos nuestro delirio, un reajuste infundado entre la realidad y nuestros antojos. El escrutinio más sensible y riguroso de nuestro bagaje, tanto mochilero como mental nos haría repensar esa persistencia en orientarnos hacia las imposibilidades.

De Vangaindrano hacia el sur: decenas de ríos y los bacs que no se saben. El contraste que suscita llevar una mochila delante de los que tienen hambre. La fatalidad de contar los días y hacer las cuentas. La decisión de emprender la vuelta. Maldito razonamiento que prioriza la cautela. Con la mirada lanzada hacia este trozo del mapa que refleja las caminatas a pie sin más senderos que nos pudiesen indicar los lugareños. Retorno para desprendernos de ese fastidio que nos constituye, de esa mismidad autocomplaciente que es a la vez nuestro pasaporte para viajar y el mayor obstáculo para cruzar el rubicón hacia lo incógnito.

Taolagnaro - Port Dauphin

Donde las estrellas dan sombra
Taolagnaro

El minúsculo barracón del aeropuerto de Taolagnaro hace irrealizable escapar de la insistencia de los taxistas y los mediadores turísticos. Cruzamos el pueblo en un pequeño vehículo cuyo conductor intenta hacernos creer que incluso una travesía del sur de la isla es posible con él en su coche. Menos mal que todavía guardamos algunas objeciones, aunque lo vivido hasta ahora nos hace bastante permeables a este tipo de alucinaciones. Más allá del Trópico del Capricornio los criterios de lo aceptable necesariamente van más allá de los razonamientos acostumbrados.

Paseos matutinos y vespertinos por las playas que circunscriben lo urbano. Las estelas cristalinas que lijan las aguas, descorriendo la arena, brillando en amatista, se apropian de nuestros sueños. Envueltos en la bruma avivada por un inagotable batir de olas somos el epicentro de una bola de cristal líquido. Allí se condensan las fantasías. ¿Qué más pedir…?

Parada de los vehículos variopintos, lugar donde se estipulan algunos tiempos de espera de días o semanas, los destinos etéreos, impracticables para los que viven en el tiempo contable. Embarcamos en uno de esos que parece realizable en horas y no en días. Hacia el extremo sur de la isla, Faux Cap, bautizado así por los portugueses que allí acometieron y reconocieron la falacia de sus cálculos.

La lona rota es un mirador privilegiado desde lo alto del camión para licuarnos con el afuera, con las escarpadas dimensiones de las polvoradas que saturan el campo de la visión. Las manadas de los cebúes que irrumpen de la devastadora luz de anochecer que aniquila los contornos y las certidumbres. Las filtraciones de las voces que marcan los ritmos de las tareas de lo cotidiano. La coexistencia perfecta de lo dramático e nsoportablemente bello.

Mercado de Faux Cap

Faux Cap

La escala en Tsihombe termina a las cuatro de la madrugada. La salida anunciada por la bocina del camión repleto de sacos de mangos, desbordado por los cuerpos humanos, las bicicletas que penden de las imposibilidades. Todos, apilados obedecidamente según las pautas precisas, asentidas y respetadas. Una vez concluido el acopio de los enseres y seres recorremos una docena de kilómetros, para ser escupidos en un cruce de caminos, siendo así una aportación más para el espectáculo del mercado semanal de Faux Cap. Los mangos y las garrafas del gasóleo, los neumáticos y las batatas y, coordinándonos con la descarga de los sacos, nosotros.

Todavía la frescura efímera del aire, el bullicio que a la vez que irrumpe se quiebra de inmediato por el sofoco que invade cualquier muestra de agitación. Secundados por las miradas que aparentan no insistir dejamos que broten las posibilidades de comunicación. Reposados sobre las enormes raíces divagamos con la gente conducidos más por las intuiciones y deseos que por los entendimientos lingüísticos.

El camino a Faux Cap es un interminable corredor de blancura polvorienta. El abismo celeste, como una apisonadora inmisericorde, bufa sobre nosotros sus reflujos del calor. Es el país de los Antandroy y de las espinas. El ligero lamba que extendemos sobre nuestras cabezas a modo de parasol no puede más que ofrecer un soplo de meneo al nuestro andar. El aire está entumecido. La arena arde. Saludos, niños, nombre del Hotel Cactus. Ya no más. Es el sur del día y del destino. El resplandor inflama los sentidos. Y cuando el horizonte se intercala entre las dunas - la levitación - es la única ocurrencia al estrellarse la mirada con la inmensidad del océano.

Faux Cap

Faux Cap

Algunas casuchas inclinadas tras el paso de los vientos ciclónicos hilvanan camino hacia la playa. Las confluencias de los senderos indican que estamos llegando. Las chicas nos dejan con sonrisas. Preguntamos por el alojamiento y por la cerveza y nos convertimos de inmediato en los huéspedes de Marie Zela.

Incesable ir y venir de las mujeres portando los bultos sobre sus cabezas. Solo las horas más altas del día las hacen instalarse en las sombras y los resguardos. Luego el flujo recobra su cadencia. Entrenadas para portar la carga sobre la cabeza, ellas no pueden, según las normas sociales, manejar el carro. Designadas para obedecer no pueden hacer obedecer ni a los cebúes. Así que subordinadas a las voluntades masculinas solo pueden disponer con cierta autonomía de lo que las permiten sus propias fuerzas. El mercado a lo grande no es para ellas. Tan admirado su porte recto, la espalda erguida y la cabeza alta - indispensable para llevar a diario la carga sobre la cabeza - tienen su contraparte en las complicaciones a la hora de parir, de llevar a cabo los sucesivos embarazos, sin lo cual se las niega el reconocimiento de la comunidad.

Indispensable pero ignorada la visita para todo aquel que pretende alojarse en un hotel a lo occidental (paneles solares, agua corriente, precios respectivos), vecino al nuestro, a los pozos del agua de los que se abastecen los habitantes de la zona. Las vemos cada mañana portando los bidones enormes del agua. Desfilan en hilera, serpentean hacia lo alto del depósito del cual va el suministro del agua para los blanquitos. El precio es caro no tanto por el desembolso de unos treinta euros por noche sino por las secuelas nada saludables que deja esta práctica en una comunidad donde para las mujeres el único modo de supervivencia pasa por la aceptación de su irrelevancia.

La arena se entremezcla con los pedazos de los huevos de aepyornis, los caminos que brotan de la aldea, bordeados por los baobabs y sisal, enseguida parecen un entresijo denso e insuperable inmerso en otro semejante atolladero de la vegetación. Hábitat de las gordas tortugas de tierra que bañadas en la arena pasan lentamente a lo largo del sendero, las monumentales sepulturas Antandroy y más allá, en el sur, salvando la inmensa panorama de los matorrales impenetrables, la cada vez más menguante línea azul del índico. Pasamos contornando los charcos que han quedado en el camino después de la última lluvia; el agua casi bendita para los animales que, si llegan aquí, se salvan, y para los humanos que en su desesperación también la beben.

Tsihombe

El concierto que no fue
Tsihombe

La sequía es el principio que organiza la cotidianeidad de la gente. La mirada al cauce seco del río que circunscribe a Tsihombe: las púrpuras, que se encienden en pos del sol todavía colgado detrás de los baobabs, resucitan como en una danza macabra los perfiles tendidos sobre el suelo que en un último intento del día consiguen unas gotas del preciado líquido de los hoyos cavados a lo largo y ancho de ese lecho desértico.

Así, tocados en lo profundo de nuestras emociones, nos encaminamos hacia la vuelta. Añorar las ráfagas del viento nocturno que tanto nos hizo sentir el resplandor de las nebulosas desconocidas es un recuerdo imborrable de este país donde las estrellas dan sombra.

Lago Itasy

Lago Itasy

El subidón del sur requiere una bajada paulatina. Las colinas y valles de las Tierras Altas, las entrañas rojas de la isla, vetadas por el verde que bordea los lagos y riachuelos. Apacible cuarentena antes de subir al avión. Pensar el regreso matizado por los reflejos de lo vivido en las repentinas referencias que acechan desde los rincones de la memoria, ya lejanías irrepetibles, caminos abiertos y hasta siempre.








foto de cierre