Mauritania 2005

Mauritania: ¿las metas?

Venir buscando dunas, uno encontrará arena. Fuimos sin fijarnos una meta, encontramos riquezas.
camellos

No podemos afirmar que hemos conocido; hemos pasado por allí, era una mirada fugaz, una aproximación a lo visible, una semana. Pero suficiente para constatar que este sitio no es superficial; necesita reflexión, detención, tiempo y calma. Lo nuestro era para extender la mano y esta no ha quedado en el aire. Con un abrazo de experiencias, acogidos en un ambiente amistoso para compartir el camino, recorrimos las distancias reduciéndolas en términos de la amistad.



Nouadhibou (i) - 30 de diciembre 2004

nouadhibou

Nouadhibou es uno de estos lugares fascinantes donde ni siquiera sorprende un enorme mapa mundi de los años sesenta en ruso, colgado en la pared de una casa de cambio. Aquí los pasados se condensan en el presente y el presente no llega a ser. Todo fluye. Son mundos que coexisten según las reglas de una permeabilidad incesante, como los barcos que van y vienen. Claro aviso ya en la entrada al Puerto Pesquero Artesanal. Nada de fotos. Seguro no para hacerte menos obsesionado con la toma de las imágenes en el detrimento de las emociones que despierta la visita. Al final lo agradeces por ser la experiencia inolvidable que ninguna foto merece ser portadora.


Las calles de Nouadhibou

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Nos envuelve una cierta timidez para recorrer las calles. Clavo mi mirada en los esbeltos cuerpos masculinos, cuyos bubús resplandecen con la blancura y el azul. Un canto monótono del muecín, como el viento que atraviesa espacios dejando sus huellas para volver a desdibujarlas. Impacta, despierta para invitar a contenerse. Una de las cinco mezquitas está a unos pasos de la casa donde nos alojamos. Sentados en la azotea dejamos que nuestras percepciones se disuelven en el polvo de la calle. Siento haber llegado sin tener la sensación de concluir. Sin la necesidad de concluir nada.


Nouadhibou (ii) - 30 de diciembre 2004

La visita del rigor de todo el occidental acaudalado que pasa por Nouadhibou: Centre de Pêche Sportive. Sitio ridículo en cuyo restaurante se amontonan los anuarios de las hazañas gloriosas de las que era testigo. Desde sus páginas miran los ojos atontados de la felicidad gillipollas de los que se han hecho con el pez más grande. Detrás de estos folios hay la esclavitud, la miseria, el desprecio.
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Vamos a la ciudad, Nouadhibou. Miro. A la derecha queda la bahía salpicada de la chatarra naval. Más de 150; algunos yacen en el fondo marino, otros irrumpen sobre la superficie. Nunca volverán al mar. Nunca podrán ser utilizados; fruto de la hipocresía de los supuestos acuerdos bilaterales de pesca, acuerdos que sólo puedan beneficiar a una parte, a esta que se desprende de la propia mierda y deja que los otros carguen con ella.



Volvemos a nuestra azotea. El canto del muecín retoma su secuencia que por un instante dejamos de oír. El viento frunce los bubús de la lavandería al frente. Trae la fragancia del jabón. Tomamos el intenso y dulce bissau, thiouraye perfuma la habitación, las cabras se atragantan con las bolsas de plástico que revisten todos los espacios de la ciudad.




El Mercado de Nouadhibou

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Un poco del pescado seco, el taller de una tienda, dónde, aplicando la teoría de negociación del precio, éste se quedó en la mitad - pero lo importante en esta situación no es la propia venta. Por lo menos no solamente. Por ejemplo, en otra tienda fuimos invitados a tomar un té sin haber comprado nada...





El tren más largo del mundo

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Nos envuelve una cierta timidez para recorrer las calles. Clavo mi mirada en los esbeltos cuerpos masculinos, cuyos bubús resplandecen con la blancura y el azul. Un canto monótono del muecín, como el viento que atraviesa espacios dejando sus huellas para volver a desdibujarlas. Impacta, despierta para invitar a contenerse. Una de las cinco mezquitas está a unos pasos de la casa donde nos alojamos. Sentados en la azotea dejamos que nuestras percepciones se disuelven en el polvo de la calle. Siento haber llegado sin tener la sensación de concluir. Sin la necesidad de concluir nada.


Zouerate

Zouerate

El viaje se hace cada vez más intenso en la medida que aumenta el frío de la noche del invierno sahariano. A mediodía nos presentamos delante de la gran barrera culminada por la Kediet ej Jill. No podemos disfrutar de mucho tiempo de sentirnos un tanto perdidos. Abordados en la calle por un 4x4 cambiamos de coche y caemos en los brazos de los amigos de Oumar, ese inseparable compañero que nos custodia desde lejos. Así, a partir de ahora El Hadj Fall - el maestro que enseña historia y geografía en la escuela y sabe mucho de Trarza y la colonización - nos brindará su valiosísima compañía. Con él no solo llegaremos al corazón mismo de la mina, también tomaremos la leche recién ordeñada de camella, compartiremos veladas y cuando llegue la hora de la despedida ni siquiera seremos capaces de expresar nuestra gratitud.




Granja de camellos en Zouerate

Primero compramos leche de camella y fue de noche. El Hadj Fall, Ahmed y el conductor nos llevaron a la granja después de que habíamos visto en un cartel el anuncio de venta de leche de camella. Otro día visitamos la granja de día y pudimos incluso montar un camello. ¿Servirá para el futuro?

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Mina SNIM

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Allí en Nouadhibou, Oumar, un amigo y una gran persona se hace cargo de los entresijos que hagan posible nuestra estancia en Zouerate. Nos distancian 18 horas de nuestro destino - la mina a cielo abierto, la industria minera más importante de Mauritania (Societé Nationale Industrielle et Minière - SNIM).

Antes de nada nos tendrá que escrutar el Gran Jefe, cuyo visto bueno vamos a necesitar para poder entrar.













Henna

En Mauritania hay una casta, Les Forgerons, cuyas mujeres tienen las habilidades para ejercer una verídica costumbre, y a la vez un arte, de cubrir las manos y los pies de los arabescos pintados con la henna.
henna

La noche se tiñe de oro y de arabescos. Decido experimentar sobre mi propia piel la costumbre de adornar las manos con la henna. No fueron las doce horas que pueda durar el ritual pero lo mínimo con que me he conformado dejó su huella por mucho más tiempo que es la permanencia del dibujo. Hapsatou no pudo acompañarme en el disfrute y padecimiento a la vez, de esos fashion compromisos; mantenerse al natural, incluso prescindiendo de las joyas es de obligado cumplimiento bajo la ausencia del marido, pero no dejó de ser mi guía espiritual y pragmática durante y después del ritual. Sensualidad y sexualidad: dos sensaciones que son como hilos que transcurren los intersticios del discurso y de las significaciones de la henna.

Gracias a Hapsatou Bâ vamos a poder participar en uno de los rituales "chic", aunque algunos podrán solo contemplarlo.

Henna es el polvo resultante de moler las hojas secas de un arbusto (lawsonia). El color que deja la henna árabe es entre rojo y anaranjado. En la India, por ejemplo, es más oscuro, hasta casi negro.

El tren a Chôum

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Atar (i)

Atar supone el centro de la redistribución del turismo por los alrededores. Tres vuelos semanales desde Marsella abastecen la zona en los turistas que conducidos por los camellos todoterreno se dispersan en los rebaños más reducidos siguiendo las rutas para este fin fijadas. Pintoresco, seguro y con la foto de dunas fabulosas al fondo.
Atar

Tengo la rodilla huesuda del gendarme que nos custodia bajo mi barbilla (todo en plan amistoso; a su amparo nos ha encomendado El Hadj). La presencia de su uniforme nos ahorra numerosos controles de la documentación. El codo de Jacek perfora mi estómago. Estamos confinados los cuatro en el asiento trasero de un vehículo en un rally nocturno que nos lleva de Chôum a Atar. Nos detenemos en medio de la oscuridad, en medio del desierto helado y maravilloso sin que nada se interponga entre el firmamento estrellado y la mirada clavada hacia arriba. Estirar las piernas, extenderme hacia donde reina el Escorpio, el incuestionable soberano del cielo nocturno mauritano, colmar el anhelo del infinito.

Atar (ii)

Atar supone el centro de la redistribución del turismo por los alrededores. Tres vuelos semanales desde Marsella abastecen la zona en los turistas que, conducidos por los camellos todoterreno, se dispersan en los rebaños más reducidos siguiendo las rutas para este fin fijadas. Pintoresco, seguro y con la foto de dunas fabulosas al fondo.
Atar Atar

Pasamos la tarde en la terraza del restaurante Amogjar. Se funden los dominios lingüísticos: castellano e inglés, francés y árabe. Un maravilloso mélange para vivir momentos de inmensa voluntad de encuentro y del respeto. Desde lejanías occidentales resuenan los discursos retrogradas de los curillas y de los politicuchos sobre la tolerancia. Esta tarde del viento es un antídoto purificador frente a una apócrifa amplitud de vistas de la sociedad desarrollada.

La tarde madura en la casa de uno de los compañeros, en el barrio antiguo de Atar. Atravesamos un patio cerrado bajo la inmensidad estrellada de la noche. Las velas, los tapices; apoyados sobre los surmis compartimos la leche y calentamos las ideas en la medida que llegan los vasitos del té. Un fluir sereno del diálogo entre los seis, una cercanía de los ojos, una comunión para crear un espacio que une.

La despedida está cargada de ternura, alimentada de incertidumbre que, si realmente los compromisos sentidos, difícilmente dichos, se salvaguardarán de la distancia que nos apartará mañana.

Pasamos la mañana antes de salir a Chôum recibiendo las primeras clases de árabe. Las confusiones de los saludos, estrechando las manos y si no, las miradas. Hasta siempre Saleck. Hasta pronto amigos.

La vuelta

Atar

Algún día visitaremos Azogui; mientras tanto nos quedamos envueltos por atención de Saleck durante la espera de la salida del taxi-brousse a Chôum. Una vez introducidos en los entresijos que rigen la gobernabilidad de los samsar de nada nos serviría la impaciencia. De este modo podemos dedicarnos a una tarea fascinante, el aprendizaje del árabe de la mano de Saleck. Así para siempre quedamos marcados por este encuentro. Nahnu jukany. Antes de partir compartimos el té con un extraño; que término tan sinsentido en aquellas circunstancias donde todo se orienta hacia el acercamiento.

Catorce en un 4x4. Nos toca vivir un viaje de lo más normal. Por último y discretamente puedo estrechar las manos de Saleck y retener toda esa sensación de cariño que había en sus gestos.

Pronto podemos sentir, respirar, palpar la arena. Vamos rápido. En la mitad del trayecto un corto descanso. Allí hay tiempo para compartir el zrig en una gargotte y el té. Una vez más puedo constatar la abstención de los varones ante la comida que parece reservada para las mujeres y niños y cómo en nuestro caso, los extranjeros. Uno de los numerosos puntos que engorda la colección de las cuestiones para indagar a Oumar. Después del tiempo dedicado a los rezos dejamos la frescura de khaima, atrás se quedan tikits y nos zambullimos otra vez en la arena.

Chôum de vuelta

Chôum Chôum

Pasamos una rica tarde en Chôum y, al atardecer, situados al borde de la vía, esperamos la llegada de nuestro retorno - el tren nocturno a Nouadhibou. Sentido desde lejos irrumpe la inmovilidad del atardecer; con otros tres compañeros de viaje remontamos dentro en busca de acomodarnos para la noche. Nuestro lecho es el suelo, nuestro abrigo la cercanía de los demás pasajeros, y un rítmico y penetrante sonido - la balada de esa experiencia increíble que quizá condensa todo lo que uno pueda vivir conviviendo. Despertando de vez en cuando me encuentro con unas manos que me resguardan de una posible incomodidad; noción distante de la realidad en la que sencillamente es inútil su empleo.

El viaje desde Chôum a Nouadhibou fue en un vagón diáfano por dentro, salvo dos compartimientos con literas, uno en cada extremo. Nos quedamos con la mayoría.

Ya por la mañana, compartiendo dátiles y pan - con que facilidad uno se contagia de la mesura alimenticia que presenciamos, seguimos el polvoriento exterior para divisar nuestro destino. El tren es lento, el viaje se prolonga mucho. Al fin, desembarcamos con prisa, con la última mirada abarcando el vagón vacío que era toda una vida. Y caemos en los brazos de Oumar.




De nuevo en Nuadhibou - Cooperación Española

El logo de la Cooperación Española, omnipresente, induce a pensar que con la sobrerrepresentación pictórica se suple el déficit en el cumplimiento real de lo que supuestamente abandera la presencia de dicha institución en otros países: la ayuda. Las partidas económicas micras para los microcréditos, que son una de las formas de apoyo para las mujeres de la ciudad, frente a un desembolso desproporcionado para el montaje de la visita de Sofía, la de Borbón. Una de las siniestras formas para legitimar la presencia de los personajes de este corte en concordancia con la propia dinámica de lo que se llama cooperación para el desarrollo. El anonimato de l@s destinatari@s de las intervenciones ayudadoras queda sellado con el nombre del proyecto y l@s que se convierten en l@s protagonistas de la actuación son sus propios inventores. Hasta aquí hemos llegado.
Nuadhibou








Se acabó

Nuadhibou

Revivo las experiencias que ya forman parte del pasado. Llegan de manera casi sensorial.

El crío del tren que como un gusanillo emergía debajo de los brazos, se sumergía entre las mantas que cubrían el suelo de vagón. Con un dátil en la boca; o con la teta de su madre - su universo era tan próximo a cualquier otredad. Aparentemente reservados y distantes varones dispensándole toda clase de cariños. Y todo sin que se ubique esta criatura en el espacio de una infancia cargada de la excepcionalidad.

Las miradas, sonrisas, aprobación de las mujeres que viendo mis manos pintadas con henna, me hacían el lugar entre ellas. Confundidos con mis pantalones y el turban los varones que hasta que no advirtieron este distintivo femenino, extendían sus manos para el apretón de saludo.

El té mediante él cual se configuran las relaciones personales. Aquella tarde con Abdoulaye, que dejó la sensación tan tenua y no comprometida de las circunstancias, a la vez revelando la profundidad de los significados de compartir.

Llega la hora de decir hasta pronto. ¿Cómo de pronto?

La vuelta

Las Palmas

Desde un acantilado de La Isleta de Las Palmas divisamos la sombra de Teide en el horizonte. Mañana estaremos en Madrid. Empezará la cuenta atrás.

Vuelven los recuerdos. Mauritania por un instante es la noticia que no tiene que ver con la recepción de lo que eufemísticamente se llama ayudas. Pero tampoco es la protagonista.

Cada año las prácticas colonizadoras vuelven a estampar su persistencia en el territorio mauritano. Se llama rally Paris - Dakar. Una semana después de volver se nos hace asistir a un despliegue mediático de dolor por la muerte de los héroes que, víctimas de la crueldad del desierto y de las condiciones adversas, han pagado con su vida la participación en la competición. Eufemismos aparte; donde hay la falta de la capacidad de calificar por su nombre así se relata la prepotencia y la estupidez de los que piensan en petrificarse como superhumanos. La muerte de una niña y de un hombre nativos ni siquiera merecen designarles por sus nombres. ¿Son las víctimas del desierto, de las condiciones adversas? Si, condiciones que les imponen los civilizados asalvajados. El rally transcurre a través de las dunas. Inexistencia absoluta de las referencias de que el desierto es el hábitat de las personas, que alberga la cuna de una cultura milenaria y cultiva los tesoros intelectuales; que rally somete a estos habitantes a presenciar algo espantoso y grotesco a la vez que mortífero. Solo los bárbaros puedan identificar a Atar, a Chinguetti con lo efímero de los surcos de los neumáticos en la arena. Y así de precaria y espeluznante es la huella de los civilizados allí.
"Allí donde el europeo ha puesto el pie, la muerte parece perseguir al indígena" Charles Darwin
foto de cierre