Mozambique 2006

Partiendo olvidamos el regreso...
lago malawi - niassa

No es la excitación de descubrir, ni de llegar siquiera; es la posibilidad de la inmersión en el universo de lo desconocido, insospechado, sumiso a otras reglas...

No es la cantidad ni la calidad del bagaje que llevamos con nosotros, sino la inmensidad de la vida que precede nuestros pasos la que nos hace sensibles a tantas formas de distinguir el horizonte.

El azul del lago que nos aguardaba al final del trayecto resultó ser sólo una de las múltiples puertas.

Maputo - 24 de noviembre

Maputo.

maputo

La ciudad del lila y del perfume floral. Atestada por los lujosos todoterreno con los emblemas de todas las ONG-es posibles. Los guetos a lo occidental repletos de los blanquitos y los rincones que todavía atesoran los sabores sin el estigma del ketchup. Proyectada hacia el mar y nutrida por su afluencia salada. Punto de partida hacia el norte.

Después de algunos preámbulos de habituamiento empezamos nuestra rutina viajera: salidas que anticipan el alba, las jornadas interminables embutidos en la maquinaria rodante, los despertares del letargo para caer dormidos en las habitaciones bochornosas y saturadas de tantas historias volátiles.


Beira - 28 de noviembre

Beira, Quelimane, Nampula: las referencias del transcurso, los pilares del relato.

beira

Un diluvio cayendo sobre Beira y dejando la ciudad atrás como un manto lechoso. Las aguas viscosas de Zambeze, el calidoscopio de los ocres y rojizos, la sacralidad de las lagunas y las montañas que las protege del saqueo turístico, el océano de las plantaciones de cocoteros al acercarnos a Quelimane. Algunos panes de azúcar en el horizonte advierten que entramos en el pantanoso territorio de la magia. No estaría de más algún conjuro, aunque sea para darnos aliento frente a los carteristas de Nampula. Tendremos que soportar su sombra como si fuese un endemismo más de la ciudad a pesar de ser una especie engendrada por la afluencia turística.

Plantados en la plataforma para la salida matutina del tren ya estamos olfateando la dulzura de los mangos maduros que se intensificará a lo largo del trayecto. Las aisladas cumbres se suceden en medio de una planicie sin fin. Como si fuesen unos titanes dormidos esperando el turno para levantar las cabezas agachadas, sacudir sus armaduras oxidadas, empuñar las armas caídas en el impenetrable follaje.

Quelimane - 29 de noviembre

quelimane

Pan de azúcar.











Nampula - 1 de diciembre

nampula










Tren Nampula-Cuamba - 2 de diciembre

tren

Más allá al norte se extiende la Reserva de Niassa: el mar tropical que cobija la joya turquesa del lago.

La grasienta oruga del tren mimetiza con el rojo de la tierra encuadrando con su reptar aquel universo distante. Mientras tanto las latas de cerveza, las paradas incontables atiborradas de mangos, la comodidad del viaje en ausencia de la pestilencia fumadora.

A pesar del confort llegamos aliviados a Cuamba. Las prisas para continuar el camino de manera más habitual para nosotros. Un regreso inesperado en la mitad del camino para reanudarlo al día siguiente. Un aprendizaje más sobre los carros y los carreteros antes de disolvernos en los sueños del frescor verdoso en medio de un habitáculo asfixiante.



Lichinga - 3 de diciembre

lichinga










Chuanga - 4 de diciembre

chuanga

Desincrustamos los sacos del interior de la camioneta. Abandonamos el vehículo dejando los obrigados a los compañeros del viaje. Catapultados sobre el lecho arenoso, sitiados por el enjambre de mosquitos y la polvorona levantada detrás de la chapa, dejamos que nos guíen nuestros instintos.

El primer trago de cerveza, tan inigualable, rompe el caparazón que testimonia el recorrido concluido. Atrás queda la experiencia accidentada entre Cuamba y Lichinga, el aprendizaje de fijarse en los neumáticos del coche y preferir el camión para las pistas agitadas.

Más adelante, una vez retomado el camino, la obstinación por divisar el zafiro de Malawi al acercarnos a Metangula, el misterio de la fumarada sobrevolando el lago, la sucesión de las zambullidas polvorientas fijadas a modo de rebozado sobre nosotros por los chaparrones insospechados en el tránsito de las colinas.

Es el momento precioso de sentir el bálsamo dorado en la garganta, de exponer la vista al colirio de la turquesa húmeda del lago, de dejarse inundar por las oleadas de la brisa.

chuanga

Los días de Chuanga consisten en el recorrido de una treintena de metros que separa nuestra cabaña de la orilla, de los despertares inducidos por los latidos del amanecer que vaticinan el sofoco de mediodía y los chapuzones chispeantes en el lago. Las opciones culinarias entre peixe y peixe. La alegría contagiosa de los niños, la advertencia a gritos de sus madres a que no nos pidan nada, la normalidad asombrosa de un pueblo que amortigua el chirrido de la tortuosidad de los kilómetros que nos separan de Maputo.




Pemba - 8 de diciembre

Parece como si sobre la frente tuviésemos inscrita la advertencia de abstenerse a los que pretenden hacernos la pelota. No facilita esto las tareas del jefe de Nautilus quien, a pesar de lo acostumbrado con los huéspedes, opta por desaparecer de nuestro menú. Así, sin las alteraciones por un ridículo savoir être institucional saboreamos la exquisitez culinaria de un plato de marlín, inmersos en un instante cuando los relieves se ven adulterados por la huida del sol hacia las profundidades. La playa de Wimbe es entonces un nexo entre el cielo afligido por los cocoteros y la inacabable nocturnidad del agua.

¡La delicia del marlim!

brenda

Una mañana cuando Brenda anunció "I will take you to the depths", los preparativos de la salida asemejan ser una liturgia. El preludio del día anterior, unas inmersiones de tanteo, supuso solo un aperitivo bastante soso a pesar de haberlo disfrutado. Dispuestos en el barco. Miradas clavadas en los equipos. ¿Acojonados? Apenas nos alejamos de la costa. El ancla en un lugar preciso. Comprobamos la carga. La bronca de Brenda a Omar. El cambio de la botella supone volver al Centro. Tardamos muy poco para echar el ancla otra vez. La corriente. Visualizo el briefing de la inmersión. Plataforma a los trece metros y luego… Tres respiraciones de chequeo. Al agua. Sigo a Brenda que baja en picado. El susurro in crescendo en los oídos. Excitación. Hervor impaciente. Embrujadora levedad de ser. ¡Calma! Es un canto de silencio, un hechizo de la negrura cristalina desde más allá de una extensa caída de unos ochenta metros. Disgusta la palpitación de corazón, la necesidad de respirar, la mortalidad. Me vendería al diablo por un instante más. Escoltados por las gigantescas alas de las gorgonias debemos devolvernos a la tierra. Vivirlo una vez más es lo único por lo que vale regresar bajo el sol. Subimos hasta los cuarenta metros para atravesar el túnel - el Hades fascinador, el acceso al The Garden of Eden. Aquí nos dejamos cautivar por todo lo inimaginable. Apresados por el techo de la parada de seguridad, de manera irónica, nos afirmamos pertenecer a este mundo líquido. La cuarentena imprescindible antes de salir es el tributo que debemos pagar para volver a las condiciones terrestres.

Ibo - 11 de diciembre

ibo

Somos partícipes de una fabulación. Un escenario para seguir alucinando. Un puzzle donde la configuración cambiante relativiza las piezas. Seguimos inmersos en lo inesperado. A pesar de que somos nosotros mismos que pretendemos repartir las cartas, las denominaciones acostumbradas pierden sentido. Así, una playa es una afloración de arena en medio del océano a la que se accede en un barquito de pescadores. No hay lugar para las preguntas acerca de la seguridad propias del buceo. El sol se desintegra antes de caer. Las edificaciones descuartizadas y engullidas por la vegetación voraz evocan un drama mudo dulcificado por las acuarelas del entorno oceánico.


Se acaba en Pemba - 14 de diciembre

pemba

A partir de allí ya todo es cuenta atrás. Una parada de seguridad en Maputo.












foto de cierre

contacto