Los Andes - Lago Suches

Nos despedimos de nuestro conductor en medio del campo. Después de varias horas el carro ya no puede dar más de si. Ahora nos toca a nosotros. Delante se despliega una cortina de nieve. Otra, cuando alzamos nuestras mochilas cubiertas del polvo. Cada bache en el camino suponía comerse una polvorienta bocanada. La nube climática todavía nos respeta. Dando la espalda a los castillos nevados uno deja de tener la sensación de estar en las montañas. Planicie sin fin. Algunas casitas. Allá vamos. Antes de retomar el rumbo hacia la nieve queremos pasar por el pueblo Suches. ¿Pueblo? Una plaza cuadrada rodeada de casas, una iglesia abandonada. De una entrada se asoma la cabeza de un crío. Y retrocede enseguida. Hablar el castellano abre las puertas. Unos hombres nos indican el camino hacia el lago. Hacia los castillos de nieve. Los postes blancos que quedan atrás indican que nos alejamos de la frontera. El viento nos castiga por adentrarse en sus dominios; las tierras de oro y poco más. Bajamos a la orilla del maravilloso Lago Suches dejando arriba los chirridos de la mina que no lo parece. Acampamos buscando la protección de un muro de piedras.

El despertar es precioso. El disco de la luna todavía suspendido sobre el agua, la transparencia absoluta del aire y la escarcha que arropó durante la noche nuestra carpa sublimándose rápidamente bajo el sol radiante.

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Hay que llevar agua para el camino.
Caminando vemos casi todo el tiempo el Lago Suches.
Encontramos también unas casas abandonadas y volvemos a ver el lago al rodearlo por las laderas.

Abandonamos el lago pero el soroche no nos abandona. La subida es constante y lenta. Muy lenta. Rodeamos el lago desde arriba y buscamos senderos que nos encaminen hacia Pelechuco. La sensación de un vínculo con las pisadas que dejamos, que es difícil de romper, que arrastra, cada vez más fuertemente en la medida que subimos, que obliga a descansar con frecuencia. A partir de mediodía el cielo se cubre y cae plomizo sobre nosotros. Tormenta de nieve en toda regla. Uno, dos, no está lejos; truenos sobre nuestras cabezas. Estamos en lo alto. Únicamente podemos bajar. Una pampa y otra. Bordeamos por las laderas. El abra que lleva a Pelechuco se queda a la izquierda. Las sombras se alargan. Al otro lado del valle algunas casas, el ladrido de los perros y las llamas apartándose según nos acercamos. El cuello del valle es largo, demasiado para salir de él antes del atardecer. Y no es por allí por donde va nuestro camino.

Una mujer baja la ladera corriendo hacia casas. No la alcanzo pero parece buena idea enterarnos, dónde estamos. Las construcciones son bajitas. La primera al que me acerco está filtrando a través de las paredes unos hilillos de humo. Azulados, envuelven todo a su paso. Así de imperceptible me encuentro con un hombre que salió ... del humo. Señala que debo dirigirme a las casas mas alejadas. No habla castellano pero su gesto no deja lugar para dudas y la labor de los perros mensajeros de avisar a los que viven allí sobre la presencia de los extraños, es eficaz. No espero mucho para encontrarme con un muchacho que aclara nuestra ubicación. Tomamos la decisión de acampar en la cercanía. Nos despedimos hasta mañana.

El agua tiene sabor muy fuerte. Es cómo una infusión de hierbas en descomposición. Tampoco importa. Aportará más sustancia a nuestras sopitas Knorr. Asquerosas por si solas. Preparamos unos brebajes de coca para aguantar hasta que venga el sueño. La noche es larga. El sol no aparecerá hasta las ocho de la mañana.

Deslumbrados con sus rayos y todavía más cuando vemos el entorno en la luz de día. El oro pálido de las laderas y el azul del cielo delimitan los universos. El aire es tan cristalino y el esplendor de tonalidades tan irreal que todo parece una alucinación. El encantamiento continúa todavía cuando charlamos con el chico que conocimos anoche. Vino para indicarnos el camino y puede quedarse un rato y nosotros aprovechamos la posibilidad de indagarlo sobre los porvenires de la gente de aquí. Tiene catorce años, se llama Hugo Quispe López y el lugar donde estamos Ch´api Juku. Habla exquisito castellano. Es muy diferente en su madurez de los infantiloides europeos. Nos cuenta sobre sus tareas, la responsabilidad de cuidar los animales; llamas machos, alpacas que pastan en la pampa, que lo poco que se cultiva y elabora (choclo, papa, oca, chuño) es suficiente para una familia extensa, que aquí todos son familiares, los niños van a la escuela cada día dos horas andando, saliendo al amanecer. Calzando sandalias de caucho, miro los pies de Hugo.

Una capa de hielo cubre los charcos. Tardamos con el desayuno. Nos despedimos de Hugo. Atravesamos la pampa para subir el alto que nos separa de la pista que lleva a Pelechuco. Las apachetas indican el camino. Un poderío de las montañas que impulsa subir. Las palabras de Hugo resuenan con los pasos, hacen sentir una necesidad de reflexión. No podemos abandonar el lugar sin que no surja su efecto.

Un sentimiento de aborrecimiento a lo que llamamos nuestro bienestar; una conceptualización que inculcada con éxito a las masas ignorantes sirve para crear los nexos de subordinación a la industria farmacéutica en el mundo que se autodenomina desarrollado. El abuelo de Hugo, Mariano Quispe Huanca tiene 100 años, la abuela murió con más de 100. No saben de médicos ni quieren saberlo. Son soberanos hasta la muerte. Libres en su dependencia del medio natural en que viven y al que no tienen que tributar impuestos para que les avasalle. Nosotros acostumbrados que los estados ejercen como tutores de los ciudadanos, tomen decisiones desde un paternalismo mal entendido, sin duda intencionado, ni nos percatamos cómo, apoyándose sobre el discurso de la soberanía se violan nuestros derechos más íntimos. Cómo se ejerce la coacción para que permanezcamos en un estado de ignorancia sobre las facultades de cada uno de decidir nuestros destinos. Así desde la cuna hasta la tumba estamos seducidos para consumir las drogas que supuestamente nos curan. Cuantos más para curar hay, mejor. Y si hace falta se crean las nuevas necesidades. Este es el mercado perfecto que se autoabastece en los consumidores y se perpetúa a sí mismo. Las farmacéuticas, la mayor industria de armas biológicas, hacen que concebimos nuestra salud en función del consumo de las drogas que ellas nos suministran. Diabolizando lo demás que no les resulta rentable. Hacer que cada día millones de personas se administren las aspirinas pasa por desacreditar otros remedios que no necesiten su sello. Las hojas de coca. El alimento y el remedio eficacísimo. La única pega es que resta la necesidad de los médicos y favorece las facultades reflexivas. Demasiado para que haya un acceso libre a este recurso.