Los Andes - Pelechuco
Volvemos a subir. Rematando la colina el encantamiento se extiende. El cielo se sumerge en el lago Cololo, que por la derecha apunta a un horizonte lejano y por la izquierda hace irradiar la blancura de los glaciares de Apolobamba. Abajo serpentea nuestro camino. El agua está presente en todos los sentidos. Cascadas, arroyuelos, pozas. Llena ambiente, insinúa. Las majestuosas cimas se disuelven en el valle, desembocan en el lago.
Tomamos un descanso y al cabo de un rato de marcha pasamos al lado de la entrada "oficial" en la cordillera de Apolobamba.
Para aclarar ideas en y de altura, lo mejor es un mate de coca. ¡Caliente!
A partir de mediodía empiezan a formarse las nubes y se levanta el viento. Observamos el recorrido celeste por el cual pasan las tormentas. Esta vez no nos afectan.
La apacheta que preside el paso de abra de Pelechuco hace inclinarnos ante los colosos helados del otro lado.
Bajando vemos el camino a Pelechuco desde arriba hasta que está justo bajo nuestros pies.

Pelechuco, desde los tiempos de los Incas (e incluso antes) hasta bien entrado el siglo XX, formó parte de un macroterritorio de economías étnicas complementarias y de contactos que llegaban, por un lado, hasta la Amazonía y, por el otro, hasta el Cuzco. Era modernidad mal comprendida la que le dejó fuera de los mapas oficiales y de las políticas de Estado pero no de las ilusiones de los seres humanos. El finisterre cuya fatalidad reside en los caminos de su pasado histórico, una herencia de la realeza incaica y un futuro que se forja destruyendo este legado. Este futuro se vislumbra siguiendo la construcción de una carretera que en el tramo entre Queara y Pelechuco supone sepultar una vía prehispánica. Un precio muy alto para lo que se pretende obtener en cambio. ¿Que valor tienen las excusas que legitiman la destrucción para hacerse patentes?
Todavía las noches de Pelechuco se alumbran con las velas. Aunque las comidas ya están marcadas por las exigencias de los gringos que, desdichadamente, se pretende satisfacer. Todavía la escasez de la infraestructura turística protege esta zona de un turismo depredador que busca comodidades.
Mientras tanto nosotros tendremos que acomodar nuestros planes más próximos a los requerimientos reglamentarios.
Estamos aquí sin pasar por los trámites de Inmigración. Pasando frontera simbólica sin que nadie registre nuestro destino. Es como una quimera de la que tendremos que despertar para continuar el viaje en Bolivia. Tendremos que hacer nuestra presencia legal. Quizá cruzando la frontera una vez más para lo cual debemos volver al lado peruano. El lugar de la feria de Chejepampa nos parece idóneo. Los viernes a las tres de la madrugada sale el carro de Pelechuco. Así que tenemos dos días.
El paseo al Illo Illo. Está en el camino hacia Curva. Frecuentado por los que anhelan vivir experiencias de expedición. Aunque para los lugareños es una caminata de dos días, los gringos se lo montan con mulas y muleros y tardan el doble. Así estos cuerpos atléticos, perfectamente desarrollados para los fines que les brinda su mundo opulento, consumir más, se quedan poco eficientes en las condiciones donde el valor no se mide por la capacidad de consumo. Pero sus vestigios se quedan. Los niños que salen a nuestro encuentro piden chocolate y plata. Se definen como pobres. Y aspiran a ser muleros.
Vamos hacia Illo-Illo.
Un paseo de dos días de duración.
Primero se sube ...
Mientras dos cholas bajando como cabras.
Al final un puentecillo a cinco minutos de Illo-Illo.
Y la última foto ya es el camino de vuelta cerca de Pelechuco.


























