Toamasina (Tamatave)
Siguiendo el olor a vainilla
Las idas y venidas de las esperanzas de partir del puerto de Toamasina. 24 horas más tarde de lo anunciado saldremos hacia Maroantsetra. Por ahora entre los chaparrones que vienen y van, el sol ascendiente que recobra sus poderíos, mensajes que aplazan cada vez nuestro partir, dormitamos esperando. La agitación de la mañana muestra un cambio revelador; se está cargando la mercancía. Y nosotros la constituimos también. Una vez amarradas las lonas que cubren la carga nos colocamos encima. Los modelos naranja que visten algunos chicos de la tripulación son el único recuerdo de los códigos coloristas de las medidas de seguridad. Aquí cada uno es el dueño de concebirla de acuerdo con las circunstancias propias.
El Trucha
Los trasiegos y excitaciones dan paso a un clima más propicio para las 18 horas de la navegación que nos esperan. El ambiente de aturdimiento se adueña de la cubierta. El sol quema los tobillos. Pequeñas conversaciones que obedecen al deseo de comunicar pero sin comprometer el propio esfuerzo de aguante. La bóveda de la luz arde, petrifica a los que quedamos debajo extendidos sobre la cubierta. La sal cubre todo con una película helada. Y quema. Quedo suspendida entre ese techo del calor abrumador y los vaivenes de mi estómago que intenta reventar. Por el momento rehúso aceptar el plato de arroz que me proponen los chicos de la tripulación; antes que a los demás pasajeros autóctonos, en un gesto de distinción. El aturdimiento desaparece en la medida que recuperamos las sombras. Se aceleran las reciprocidades como si de repente surgiese prisa para recuperar las horas del letargo. Y con conocimiento de causa. El sol se vuelve redondo y se desploma al mar con rapidez. Otros astros, constelaciones enteras están por emerger. Unos pocos aguardamos sobre la carga en los hoyos amoldados bajo nuestros traseros. Otros se acomodan por donde quieran y puedan. La luz acostada esculpe las crestas de las olas, dibuja la marca de nuestro paso. Allí, con la otra mirada, entramos en la Vía Láctea que nos encarrila sobre el Índico. A veces pasamos por las zonas de aguas más calientes y el aire envuelve los pies con un tufo que alude a los fondos de las marañas verdosas. Otras veces no queda más remedio que buscar los huecos entre el revoltijo humano para así, subrepticiamente, calentar las extremidades. ¿Pienso durmiendo o duermo pensando? Las divagaciones de pasatiempo. Poco a poco la noche pierde su intensidad estrellada. Los contornos de las lejanas costas resurgen rompiendo el horizonte.
La llegada a Maroantsetra
Adivinamos nuestro puerto cuando las cuarto de la madrugada nos acercan a nuestro destino. El desembarque a un kilómetro de la orilla. Unas pequeñas lanchas nos aguardan para hacerse con la carga incluidos los pasajeros. Y así vamos al encuentro del bullicio del polvo y de los olores.
















