Faux Cap
Algunas casuchas inclinadas tras el paso de los vientos ciclónicos hilvanan camino hacia la playa. Las confluencias de los senderos indican que estamos llegando. Las chicas nos dejan con sonrisas. Preguntamos por el alojamiento y por la cerveza y nos convertimos de inmediato en los huéspedes de Marie Zela.
Incesable ir y venir de las mujeres portando los bultos sobre sus cabezas. Solo las horas más altas del día las hacen instalarse en las sombras y los resguardos. Luego el flujo recobra su cadencia. Entrenadas para portar la carga sobre la cabeza, ellas no pueden, según las normas sociales, manejar el carro. Designadas para obedecer no pueden hacer obedecer ni a los cebúes. Así que subordinadas a las voluntades masculinas solo pueden disponer con cierta autonomía de lo que las permiten sus propias fuerzas. El mercado a lo grande no es para ellas. Tan admirado su porte recto, la espalda erguida y la cabeza alta - indispensable para llevar a diario la carga sobre la cabeza - tienen su contraparte en las complicaciones a la hora de parir, de llevar a cabo los sucesivos embarazos, sin lo cual se las niega el reconocimiento de la comunidad.
Indispensable pero ignorada la visita para todo aquel que pretende alojarse en un hotel a lo occidental (paneles solares, agua corriente, precios respectivos), vecino al nuestro, a los pozos del agua de los que se abastecen los habitantes de la zona. Las vemos cada mañana portando los bidones enormes del agua. Desfilan en hilera, serpentean hacia lo alto del depósito del cual va el suministro del agua para los blanquitos. El precio es caro no tanto por el desembolso de unos treinta euros por noche sino por las secuelas nada saludables que deja esta práctica en una comunidad donde para las mujeres el único modo de supervivencia pasa por la aceptación de su irrelevancia.
La arena se entremezcla con los pedazos de los huevos de aepyornis, los caminos que brotan de la aldea, bordeados por los baobabs y sisal, enseguida parecen un entresijo denso e insuperable inmerso en otro semejante atolladero de la vegetación. Hábitat de las gordas tortugas de tierra que bañadas en la arena pasan lentamente a lo largo del sendero, las monumentales sepulturas Antandroy y más allá, en el sur, salvando la inmensa panorama de los matorrales impenetrables, la cada vez más menguante línea azul del índico. Pasamos contornando los charcos que han quedado en el camino después de la última lluvia; el agua casi bendita para los animales que, si llegan aquí, se salvan, y para los humanos que en su desesperación también la beben.






































