Fianarantsoa

Cruzando la Gran Isla

Después de las imprecisas aproximaciones de la imaginación relativas a la tierra que produce el vino gris, llegamos a Fianarantsoa después de haber cruzado el universo de los rojos y tejas de las tierras altas. La tarde de los vaivenes nublosos. Sensación de haber caído hace un instante un diluvio; es ahora cuando la multitud de gente se asoma, reaparece, retoma ese instante que ha interrumpido la lluvia generosa. Las empinadas calles hacen deslizar las últimas corrientes de barro. En lo alto el lavado blanco de los minaretes de la Gran Mezquita compitiendo con las numerosas iglesias y la blancura impoluta de la enorme estatua, reflejo de la idolatría católica.

Es una ciudad donde también comienza un espectáculo exótico… protagonizado por los blanquitos: el viaje en el tren que empalma la ciudad con la costa este. Necesariamente el vagón con los asientos reservados; allí los primeros de hacerlo gozarán del privilegio de ocupar los sitos del lado izquierdo que supuestamente ofrece las mejores vistas. Para los demás, los paisanos, larga espera desde el anochecer del día anterior y los vagones abarrotados y sin otras concesiones que la primacía de la conquista. El espectáculo empieza antes del momento de la salida. Idas y venidas, ahora yo, ahora tú me tomarás la foto, así o acá. Siguiente acto; los blanquitos se ponen de pie a lo largo de los ventanales de la izquierda y re-digieren las imágenes que les llegan a través de las pantallas de sus cámaras fotográficas. La vía férrea entre Fianarantsoa y Manakara pasa por los numerosos túneles y entonces los blanquitos quedan disconformes, algunos toman asiento para, al vislumbrarse el fin de la oscuridad, ponerse de pie súbitamente, como un rebaño manso bajo el látigo imperdonable. Y así horas y horas. Saliendo como langosta para engullir todo lo que es capturable en las ocasiones de la parada del tren. Y así todas las paradas.

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