Manakara
Hay múltiples maneras de emprender el camino. Una vez en este punto de llegada y de encuentro, y de retorno, estamos tentados de filtrarnos hacia lo impreciso que se extiende en los intersticios de los trazados turísticos destinados a los blanquitos. Desde aquí parte un camino hacia el sur que nos ha seducido jugando con la imaginación nuestra a partir de los miramientos del mapa. Una quimera que nos ha devuelto a la realidad unos días más tarde, una vez comprobado el acierto con el que un viajero y escritor polaco, Arkady Fiedler, denominaba hace ya casi medio siglo la Isla Roja: "Madagaskar okrutny czarodziej" ("Madagascar, el cruel hechicero").
Atravesamos la ciudad en los pousse - pousse; inconformidad de los carreteros con el cumplimiento demasiado fiel por nuestra parte del precio acordado desemboca en una prolongada charla, no exactamente de entretenimiento. Pero así hemos ganado la escucha de nuestros próximos cómplices de aguardo. Nos aseguran que algo saldrá hacia Farafangana y mientras, colocados en la cuneta, esperamos que nos toque la suerte de atrapar algún otro algo.
Las caras se alargan con el tiempo; y cuando las sombras también, nos dan el toque de salida. Sorprendidos de encontrarnos en un carro casi vacío y todavía más, al leer que el cartel anuncia el destino más allá de lo esperado: Vangaindrano. La girofle cubre el suelo, intensifica la emoción de haber vuelto ser wazaha fuera de los itinerarios turisticamente acostumbrados. Elton John y su Sacrifice estorbada por los baches del camino. Rápidamente avanzamos hacia lo recóndito que emerge entre los pasos pantanosos y las lomas ennegrecidas, maltratadas por los matorrales quemados. La fragilidad del camino potencia la contienda en la que se baten los zafiros profundos del cielo al este, rugiendo desde su oscuridad los tambores de la tormenta; y por el oeste, los oleajes de la luz del sol masacrado, cediendo frente a la fachada de un monumental arco iris. Persistimos en no tomar parte de ninguno de los lados hasta que solo las sucesiones, cada vez más intensas, de descargas de luminosidad nos distingan dentro de la oscuridad. Las emociones se vuelven tangibles. La materialidad se diluye con el olor del gasóleo, el orujo, la girofle. El carro se infla de las personas que emergen de la nocturnidad de la carretera y se funden con las densidades del interior del coche.
Farafangana y más allá
La plaza de la estación de Farafangana está aquí, se intuye, no se ve. La oscuridad caliente. Necesitamos un buen rato para distinguir los contornos. Nos orientamos por las voces. Luego por las extremidades pisando el barro iluminado por algunas lumbres que irrumpen el macizo de la negrura. Un centenar de metros más allá las olas rompen en el canal de Pangalanes.
La mañana llega cristalina. Emergen los edificios coloniales a cada paso. Las avenidas de las palmeras bañadas por el sol y la bruma del índico que se abalanza sobre la costa. Las pesquisas de los chavalotes para organizarnos las visitas guiadas solo nos hacen más intransigentes en nuestro interés por aquello que ya no figura como atractivo turístico, al margen de lo transitable, dónde encontraremos la duda y lo imprevisto. Y no nos damos cuenta que solo proyectamos nuestro delirio, un reajuste infundado entre la realidad y nuestros antojos. El escrutinio más sensible y riguroso de nuestro bagaje, tanto mochilero como mental nos haría repensar esa persistencia en orientarnos hacia las imposibilidades.
De Vangaindrano hacia el sur: decenas de ríos y los bacs que no se saben. El contraste que suscita llevar una mochila delante de los que tienen hambre. La fatalidad de contar los días y hacer las cuentas. La decisión de emprender la vuelta. Maldito razonamiento que prioriza la cautela. Con la mirada lanzada hacia este trozo del mapa que refleja las caminatas a pie sin más senderos que nos pudiesen indicar los lugareños. Retorno para desprendernos de ese fastidio que nos constituye, de esa mismidad autocomplaciente que es a la vez nuestro pasaporte para viajar y el mayor obstáculo para cruzar el rubicón hacia lo incógnito.







