Mercado de Faux Cap

La escala en Tsihombe termina a las cuatro de la madrugada. La salida anunciada por la bocina del camión repleto de sacos de mangos, desbordado por los cuerpos humanos, las bicicletas que penden de las imposibilidades. Todos, apilados obedecidamente según las pautas precisas, asentidas y respetadas. Una vez concluido el acopio de los enseres y seres recorremos una docena de kilómetros, para ser escupidos en un cruce de caminos, siendo así una aportación más para el espectáculo del mercado semanal de Faux Cap. Los mangos y las garrafas del gasóleo, los neumáticos y las batatas y, coordinándonos con la descarga de los sacos, nosotros.

Faux-Cap Faux-Cap
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Todavía la frescura efímera del aire, el bullicio que a la vez que irrumpe se quiebra de inmediato por el sofoco que invade cualquier muestra de agitación. Secundados por las miradas que aparentan no insistir dejamos que broten las posibilidades de comunicación. Reposados sobre las enormes raíces divagamos con la gente conducidos más por las intuiciones y deseos que por los entendimientos lingüísticos.

El camino a Faux Cap es un interminable corredor de blancura polvorienta. El abismo celeste, como una apisonadora inmisericorde, bufa sobre nosotros sus reflujos del calor. Es el país de los Antandroy y de las espinas. El ligero lamba que extendemos sobre nuestras cabezas a modo de parasol no puede más que ofrecer un soplo de meneo al nuestro andar. El aire está entumecido. La arena arde. Saludos, niños, nombre del Hotel Cactus. Ya no más. Es el sur del día y del destino. El resplandor inflama los sentidos. Y cuando el horizonte se intercala entre las dunas - la levitación - es la única ocurrencia al estrellarse la mirada con la inmensidad del océano.

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