Nouadhibou

Nouadhibou es uno de estos lugares fascinantes donde ni siquiera sorprende un enorme mapa mundi de los años sesenta en ruso, colgado en la pared de una casa de cambio. Aquí los pasados se condensan en el presente y el presente no llega a ser. Todo fluye. Son mundos que coexisten según las reglas de una permeabilidad incesante, como los barcos que van y vienen. Claro aviso ya en la entrada al Puerto Pesquero Artesanal. Nada de fotos. Seguro no para hacerte menos obsesionado con la toma de las imágenes en el detrimento de las emociones que despierta la visita. Al final lo agradeces por ser la experiencia inolvidable que ninguna foto merece ser portadora.
Nos envuelve una cierta timidez para recorrer las calles. Clavo mi mirada en los esbeltos cuerpos masculinos, cuyos bubús resplandecen con la blancura y azul. Un canto monótono del muecín, como el viento que atraviesa espacios dejando sus huellas para volver a desdibujarlas. Impacta, despierta para invitar a contenerse. Una de las cinco mezquitas está a unos pasos de la casa donde nos alojamos. Sentados en la azotea dejamos que nuestras percepciones se disuelven en el polvo de la calle. Siento haber llegado sin tener la sensación de concluir. Sin la necesidad de concluir nada.
Nouadhibou es también el puerto para partir hacia el océano del desierto. Zarparemos al día siguiente. Nos aguarda el monstruo, el tren que nos llevará a las entrañas del desierto, a las minas de Zouerate.
Calles de Nouadhibou
Vamos a la ciudad, Nouadhibou. Miro. A la derecha queda la bahía salpicada de la chatarra naval. Más de 150; algunos yacen en el fondo marino, otros irrumpen sobre la superficie. Nunca volverán al mar. Nunca podrán ser utilizados; fruto de la hipocresía de los supuestos acuerdos bilaterales de pesca, acuerdos que sólo puedan beneficiar a una parte, a esta que se desprende de la propia mierda y deja que los otros carguen con ella.
La visita del rigor de todo el occidental acaudalado que pasa por Nouadhibou: Centre de Pêche Sportive. Sitio ridículo en cuyo restaurante se amontonan los anuarios de las hazañas gloriosas que era testigo. Desde sus páginas miran los ojos atontados de la felicidad gillipolla de los que se han hecho con el pez más grande. Detrás de estos folios hay la esclavitud, la miseria, el desprecio.
Volvemos a nuestra azotea. El canto del muecín retoma su secuencia que por un instante dejamos de oír. El viento frunce los bubús de la lavandería al frente. Trae la fragancia del jabón. Tomamos el intenso y dulce bissau, thiouraye perfuma la habitación, las cabras se atragantan con las bolsas de plástico que revisten todos los espacios de la ciudad.


















