Atar

Tengo la rodilla huesuda del gendarme que nos custodia bajo mi barbilla (todo en plan amistoso; a su amparo nos ha encomendado El Hadj). La presencia de su uniforme nos ahorra numerosos controles de la documentación. El codo de Jacek perfora mi estómago. Estamos confinados los cuatro en el asiento trasero de un vehículo en un rally nocturno que nos lleva de Chôum a Atar. Nos detenemos en medio de la oscuridad, en medio del desierto helado y maravilloso sin que nada se interponga entre el firmamento estrellado y la mirada clavada hacia arriba. Estirar las piernas, extenderme hacia donde reina el Escorpio, el incuestionable soberano del cielo nocturno mauritano, colmar el anhelo del infinito.
Atar supone el centro de la redistribución del turismo por los alrededores. Tres vuelos semanales desde Marsella abastecen la zona en los turistas que conducidos por los camellos todoterreno se dispersan en los rebaños más reducidos siguiendo las rutas para este fin fijadas. Pintoresco, seguro y con la foto de dunas fabulosas al fondo.
Pasamos la tarde en la terraza del restaurante Amogjar. Se funden los dominios lingüísticos: castellano e inglés, francés y árabe. Un maravilloso mélange para vivir momentos de inmensa voluntad de encuentro y del respeto. Desde lejanías occidentales resuenan los discursos retrogradas de los curillas y de los politicuchos sobre la tolerancia. Esta tarde del viento era un antídoto purificador frente a una apócrifa amplitud de vistas de la sociedad desarrollada.
La tarde madura en la casa de uno de los compañeros, en el barrio antiguo de Atar. Atravesamos un patio cerrado bajo la inmensidad estrellada de la noche. Las velas, los tapices; apoyados sobre los surmis compartimos la leche y calentamos las ideas en la medida que llegan los vasitos del té. Un fluir sereno del diálogo entre los seis, una cercanía de los ojos, una comunión para crear un espacio que une.
La despedida está cargada de ternura, alimentada de incertidumbre que, si realmente los compromisos sentidos, difícilmente dichos, se salvaguardarán de la distancia que nos apartará mañana.
Pasamos la mañana antes de salir a Chôum recibiendo las primeras clases de árabe. Las confusiones de los saludos, estrechando las manos y si no, las miradas. Hasta siempre Saleck. Hasta pronto amigos.






















