La vuelta
Algún día visitaremos Azogui; mientras tanto nos quedamos envueltos por su atención durante la espera de la salida del taxi-brousse a Chôum. Una vez introducidos en los entresijos que rigen la gobernabilidad de los samsar de nada nos serviría la impaciencia. De este modo podemos dedicarnos a una tarea fascinante, el aprendizaje del árabe de la mano de Saleck. Así para siempre quedamos marcados por este encuentro. Nahnu jukany. Antes de partir compartimos el té con un extraño; que término tan sinsentido en aquellas circunstancias donde todo se orienta hacia el acercamiento.
Catorce en un 4x4. Nos toca vivir un viaje de lo más normal. Por último y discretamente puedo estrechar las manos de Saleck y retener toda esa sensación de cariño que había en sus gestos.
Pronto podemos sentir, respirar, palpar la arena. Vamos rápido. En la mitad del trayecto un corto descanso. Allí hay tiempo para compartir el zrig en una gargote y el té. Una vez más puedo constatar la abstención de los varones ante la comida que parece reservada para las mujeres y niños y cámo en nuestro caso, los extranjeros. Uno de los numerosos puntos que engorda la colección de las cuestiones para indagar a Oumar. Después del tiempo dedicado a los rezos dejamos la frescura de khaima, atrás se quedan tikits y nos zambullimos otra vez en la arena.
Pasamos una rica tarde en Chôum y, al atardecer, situados al borde de la vía, esperamos la llegada de nuestro retorno - el tren nocturno a Nouadhibou. Sentido desde lejos irrumpe la inmovilidad del atardecer; con otros tres compañeros de viaje remontamos dentro en busca de acomodarnos para la noche. Nuestro lecho es el suelo, nuestro abrigo la cercanía de los demás pasajeros, y un rítmico y penetrante sonido - la balada de esa experiencia increíble que quizá condensa todo lo que uno pueda vivir conviviendo. Despertando de vez en cuando me encuentro con unas manos que me resguardan de una posible incomodidad; noción distante de la realidad en la que sencillamente es inútil su empleo.
Ya por la mañana, compartiendo dátiles y pan - con que facilidad uno se contagia de la mesura alimenticia que presenciamos, seguimos el polvoriento exterior para divisar nuestro destino. El tren es lento, el viaje se prolonga mucho. Al fin, desembarcamos con prisa, con la última mirada abarcando el vagón vacío que era toda una vida. Y caemos en los brazos de Oumar.
















