Rosso
Nos presentamos ante un río blanquecino - ¿no será por la leche que se vierte en sus aguas para apaciguar sus malos espíritus? - Rosso. Dejamos que nuestra imaginación transite. Mientras nosotros dando tumbos entre los carros, comercios, miradas. Retomaremos los senderos de la magia al caer la noche. Es la fiesta de Maouloud de Rosso. Vuelve la espesidad de lo nocturno, de la miel que brota de las teteras, de las sombras que el viento dispersa al son de los ritmos penetrantes. Somos como los zombis acechando las expresiones que despierten la fascinación, el estremecimiento. El rap juvenil en las afueras de la ciudad es una canción de cuna antes de dormir.
Me despierto en la plena noche por una inquietud airosa. Sigo incrédula los movimientos convulsionados de mis compañeros. Presencio su lucha a muerte con un agresor invencible, el mosquito. El efecto es escalofriante; las picaduras que superan las peores imaginaciones. Pero al final hemos sobrevivido. Al día siguiente nos dirigimos al norte.
Es un viaje hacia nosotros mismos. A los pasajes que súbitamente recordamos de ninguna parte. Descubriendo lo conjeturado. El vértigo experimentado cuando el otro lo revive por ti.





























