Beira

Beira, Quelimane, Nampula: las referencias del transcurso, los pilares del relato. Un diluvio cayendo sobre Beira y dejando la ciudad atrás como un manto lechoso. Las aguas viscosas de Zambeze, el calidoscopio de los ocres y rojizos, la sacralidad de las lagunas y las montañas que las protege del saqueo turístico, el océano de las plantaciones de cocoteros al acercarnos a Quelimane. Algunos panes de azúcar en el horizonte advierten que entramos en el pantanoso territorio de la magia. No estaría de más algún conjuro, aunque sea para darnos aliento frente a los carteristas de Nampula. Tendremos que soportar su sombra como si fuese un endemismo más de la ciudad a pesar de ser una especie engendrada por la afluencia turística. Plantados en la plataforma para la salida matutina del tren ya estamos olfateando la dulzura de los mangos maduros que se intensificará a lo largo del trayecto. Las aisladas cumbres se suceden en medio de una planicie sin fin. Como si fuesen unos titanes dormidos esperando el turno para levantar las cabezas agachadas, sacudir sus armaduras oxidadas, empuñar las armas caídas en el impenetrable follaje.

Beira Beira Beira
Zambeze Zambeze Zambeze
Zambeze Zambeze