Chuanga

Desincrustamos los sacos del interior de la camioneta. Abandonamos el vehículo dejando los obrigados a los compañeros del viaje. Catapultados sobre el lecho arenoso, sitiados por el enjambre de mosquitos y la polvorona levantada detrás de la chapa, dejamos que nos guíen nuestros instintos. El primer trago de cerveza, tan inigualable, rompe el caparazón que testimonia el recorrido concluido. Atrás queda la experiencia accidentada entre Cuamba y Lichinga, el aprendizaje de fijarse en los neumáticos del coche y preferir el camión para las pistas agitadas. Más adelante, una vez retomado el camino, la obstinación por divisar el zafiro de Malawi al acercarnos a Metangula, el misterio de la fumarada sobrevolando el lago, la sucesión de las zambullidas polvorientas fijadas a modo de rebozado sobre nosotros por los chaparrones insospechados en el tránsito de las colinas. Es el momento precioso de sentir el bálsamo dorado en la garganta, de exponer la vista al colirio de la turquesa húmeda del lago, de dejarse inundar por las oleadas de la brisa.

Los días de Chuanga consisten en el recorrido de una treintena de metros que separa nuestra cabaña de la orilla, de los despertares inducidos por los latidos del amanecer que vaticinan el sofoco de mediodía y los chapuzones chispeantes en el lago. Las opciones culinarias entre peixe y peixe. La alegría contagiosa de los niños, la advertencia a gritos de sus madres a que no nos pidan nada… la normalidad asombrosa de un pueblo que amortigua el chirrido de la tortuosidad de los kilómetros que nos separan de Maputo.

Chuanga Chuanga Chuanga
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